El peronismo no tiene dueño. O peor: tiene demasiados.
Mientras Javier Milei avanza con su agenda de desregulación y ajuste fiscal, la principal fuerza opositora en el Congreso argentino se debate en una pelea de egos que haría sonrojar a cualquier analista político. Cristina Kirchner y Axel Kicillof concentran la puja más visible, pero el mapa real del PJ legislativo es bastante más complicado que un duelo entre dos.
Según un relevamiento de La Nación, en la Cámara de Diputados conviven al menos cinco tribus reconocibles: el kirchnerismo duro con La Cámpora como brazo político, el espacio de Kicillof, el Frente Renovador de Sergio Massa, el Frente Patria Grande de Juan Grabois y un incipiente armado que busca construir un «peronismo federal». Germán Martínez logró, por ahora, mantener la unidad formal del bloque y administrar las tensiones sin desprendimientos significativos. Mérito de gestión, no de convicción ideológica.
El Senado es otra historia. Allí el peso de los gobernadores y los liderazgos provinciales aplasta la lógica de los alineamientos nacionales. Kicillof no tiene estructura propia en la Cámara alta. Ni Massa ni Grabois cuentan con senadores de referencia. El kirchnerismo, en cambio, conserva allí su principal bastión. Es decir: Cristina sigue mandando donde más importa para frenar leyes.
Algunos dirigentes ya rompieron con la estructura clásica. Los gobernadores Osvaldo Jaldo, de Tucumán, y Raúl Jalil, de Catamarca, pegaron el portazo y se diferenciaron del tronco común. Otros mantienen a sus referentes dentro de los bloques o interbloques peronistas pero toman distancia cuando los debates chocan con sus intereses territoriales. La disciplina de bloque, en el peronismo, siempre fue un eufemismo.
Que no te lo cuenten: lo que el relato opositor vende como «resistencia popular» al gobierno de Milei es, en los hechos, una coalición de aparatos que no se ponen de acuerdo ni en quién firma el acta de reunión. Cada cacique cuida su territorio, su presupuesto y su boleta. El ciudadano que paga impuestos y espera que el Congreso legisle con coherencia recibe, a cambio, un circo de lealtades cambiantes.
El peronismo fragmentado no es una novedad histórica, pero sí una oportunidad concreta para el oficialismo. Cada fractura en la oposición es un margen adicional para aprobar reformas o, al menos, para que el relato del caos opositor contraste con cualquier señal de orden del Ejecutivo. La casta se devora a sí misma. Y eso, por una vez, trabaja a favor del contribuyente.



