No es ciencia ficción. Es el peor escenario documentado, construido con fuentes reales, planes reales y miedos reales que circulan en los pasillos del poder en Washington.
La veterana autora Annie Jacobsen publica «Biological War: A Scenario» (Dutton), un libro que combina un escenario ficticio con hechos verificados obtenidos de más de 50 entrevistas a expertos y exfuncionarios, entre ellos un senador, un administrador de FEMA y altos cargos del Departamento de Estado y del Consejo de Seguridad Nacional.
El diagnóstico es brutal. «Muy parecido a la guerra nuclear, no existe una defensa real de la patria contra un ataque biológico a gran escala, solo medidas para mitigar el exterminio», afirma el coronel retirado de la Fuerza Aérea Dr. Thomas Ehrhard en el libro. Y no hay recuperación posible: «No eliges la peste como arma de campo de batalla», señala el exoficial de inteligencia británico Dr. Christopher Davis. «La eliges porque vas a destruir el país del otro».
Jacobsen describe lo que llama una «vasta nueva carrera armamentista biotécnica» impulsada por Estados Unidos tras el 11-S, alimentada —en sus propias palabras— por «miedo, terrorismo, paranoia y codicia», y convertida en «una mina de oro para una nueva generación de contratistas de defensa y biotecnólogos».
Uno de los datos más inquietantes: Rusia posee una vacuna contra la peste, pero Estados Unidos no.
El escenario del libro se basa en experimentos reales de la Unión Soviética: científicos insertaron el gen de la euforia en la bacteria de la peste para que los infectados salieran a socializar antes de saber que estaban enfermos. «Cuando supimos que los científicos soviéticos estaban insertando el gen de la endorfina en la peste, quedamos horrorizados», recuerda el Dr. Henry Heine, exbacteriólogo del Ejército de EE.UU.
El libro también revela que en mayo de 2000 el gobierno federal realizó una simulación con miles de participantes sobre un ataque de peste neumónica en Denver. Con una tasa de transmisión real de 2.4 contagios por infectado, el ejercicio terminó anticipadamente porque el sistema de salud de Denver colapsó en cuatro generaciones de infecciones. Los participantes reportaron «agotamiento y una sensación de desesperanza».
Y hay un precedente reciente: según Jacobsen, en las primeras semanas de la crisis del Covid, el secretario de Defensa Mark Esper firmó una WARNORD —una Orden de Advertencia— para alertar al Comando Norte de EE.UU. de que se preparara para posibles «misiones extraordinarias» en territorio nacional. La historia fue revelada por el periodista de Newsweek William Arkin.
El escenario culmina con la activación del llamado Plan de Devolución: «la transferencia secreta de poder a líderes de respaldo y centros de mando ocultos», escribe Jacobsen. Un mecanismo diseñado para mantener al gobierno operativo mientras la infraestructura colapsa y cientos de millones de ciudadanos estadounidenses mueren.
Que no te lo cuenten. El Estado más poderoso del mundo admite, en documentos y simulaciones propias, que ante un ataque biológico de escala real no puede proteger a su población: solo puede protegerse a sí mismo. La burocracia sobrevive; el ciudadano, no. Ese es el principio que está en juego, y ningún foro climático ni agenda DEI lo va a resolver.



