El senador Rick Scott lo puso en negro sobre blanco: el Senado de Estados Unidos ha estado en sesión apenas 79 días en lo que va de 2025. Eso es aproximadamente el 40% del tiempo. Los americanos trabajan cinco días a la semana. Sus representantes, dos y medio.
Scott lo escribió en una columna de opinión. No es una filtración ni un rumor. Son los números del propio Senado.
El diagnóstico es contundente. El Senado llega tarde el lunes. Se va el jueves por la tarde. Los viernes, vacíos. Los fines de semana, ni se discute. Menos de diez votos por semana. Así, dice Scott, «no es de extrañar que no se haya hecho nada».
¿Y qué no se ha hecho? La lista es larga. No se ha aprobado la SAVE America Act, que exigiría identificación para votar y limitaría el registro electoral a ciudadanos americanos. No se ha acordado cómo financiar el gobierno para evitar otro cierre. No se ha recortado el gasto que alimenta la inflación. Nada.
Scott lo dice sin rodeos: «A este ritmo deberíamos trabajar siete días». No culpa solo a un partido. Señala décadas de deterioro bajo liderazgos de ambos lados. Pero el momento es ahora, y el reloj del calendario legislativo corre.
El senador recuerda lo que era el trabajo legislativo antes. Llegar a Washington. Debatir. Votar. Terminar la agenda. Después, volver a casa. Hoy el orden es el inverso: primero el vuelo de regreso, después —quizás— el voto.
Lo que está en juego no es menor. Seguridad electoral, presupuesto, inflación, gasto público. Todo pendiente. Todo aplazado.
---
Esto no es una anomalía. Es el modelo de funcionamiento de una burocracia que se ha blindado contra la urgencia. El Senado cobra, viaja y delibera. Lo que no hace es legislar al ritmo que la situación exige.
Scott tiene razón en el diagnóstico. El contribuyente americano financia a tiempo completo una institución que trabaja a tiempo parcial. Mientras el aparato estatal crece, el órgano que debería controlarlo se toma el viernes libre. Esa es la hipocresía que Contrafuego llama por su nombre: exigirle sacrificio al ciudadano y reservarse la comodidad para uno mismo. El relato se cayó solo.



