Dave Rubin no esconde el diagnóstico. Se llama a sí mismo «la puerta de entrada» al conservadurismo. Y a Florida, de paso.
El comentarista fue copresentador de «The Young Turks», un programa de izquierda. Hoy es autor best seller del New York Times. Además dirige su propio podcast, «The Rubin Report».
Rubin vivió en Los Ángeles desde 2013. Allí construyó la casa de sus sueños en Sherman Oaks. Pero algo se rompió.
Después de un año de lo que él llama «locura del covid», decidió irse. «Ya no hay magia ahí. Hay muy poca esperanza», dice sobre California.
Menciona los confinamientos y las protestas de BLM como parte de ese deterioro. Los describe como «cosas oscuras». En Florida, en cambio, encuentra otro aire.
«Puedo luchar por algo, en vez de luchar constantemente contra algo que siempre empeora», explica Rubin. La frase resume su salto del activismo reactivo al proyecto propio.
Ese proyecto tiene nombre: Copal 22. Es su marca de tequila 100% agave azul. Tiene apenas un año en el mercado. Y ya ganó todos los concursos en los que participó, según el comentarista.
Rubin también tiene vida familiar. Vive con su esposo, David Janet, y sus dos hijos pequeños. Limita el tiempo de pantalla en casa. Permite algo de «Bluey», y un poco de «Transformers» y «Spider-Man», sus propias series de infancia.
Los chicos juegan al fútbol en Miami. Rubin sueña con que algún día jueguen básquetbol. «Una cosa a la vez», bromea.
No falta el chascarrillo político. Rubin se burla de sus amigos conservadores, entre ellos Michael Knowles, por su fidelidad al whisky y al bourbon. Dice que lo beben «para probar que son hombres». El tequila, en cambio, «no los va a volver gays», ironiza, «pero lo van a disfrutar más».
El relato de Rubin no es solo una anécdota de estilo de vida. Es el retrato de una migración que se repite entre empresarios y comunicadores: salir de un estado con mano dura regulatoria y clima cultural asfixiante, y aterrizar en uno que premia el mérito y el negocio propio.
Mientras el progresismo institucional sigue vendiendo a California como modelo, gente como Rubin vota con los pies. Se lleva su marca, su audiencia y su capital a otro lado. El relato se cayó solo, otra vez.

