La embajadora de Estados Unidos en República Dominicana, Leah Campos, no usó eufemismos. En entrevista con CDN 37, la diplomática afirmó que «China y otros adversarios de Estados Unidos quieren incrementar su influencia en esta región, no por amor a la República Dominicana, sino para estar cerca y amenazar, en términos económicos u otros, a Estados Unidos».
El diagnóstico es directo: la presencia de Beijing en el Caribe no responde a ningún proyecto de desarrollo genuino ni a lazos históricos. Es geopolítica pura. Y la embajada, según Campos, tiene una misión concreta frente a eso: «presentar la mejor opción».
La funcionaria fue categórica sobre la ventaja comparativa del socio norteamericano: «En términos comerciales el socio estadounidense siempre será mejor. Estados Unidos está enfocado en la región. Somos vecinos y nos debemos cuidar». No es retórica de folleto diplomático; es una declaración de competencia directa por el alineamiento estratégico de los países del Caribe.
Campos también subrayó un cambio de época en la política exterior de Washington. «Durante años, la región no ocupó un lugar prioritario dentro de la agenda internacional de Washington, situación que cambió con la llegada del presidente Donald Trump», señaló. Desde su llegada a la isla —hace ocho o nueve meses, según sus propias palabras— ambos gobiernos han intensificado la cooperación y los acuerdos bilaterales.
Entre esos acuerdos figura uno sobre deportación y repatriación de migrantes irregulares. Campos explicó que el mecanismo «no ha empezado aquí aún, pero en cualquier momento puede empezar» y anticipó que será «un proceso muy ordenado».
Sobre Haití, la diplomática reconoció que los recursos aportados por EE.UU. y la comunidad internacional no han producido los resultados esperados. «No sé si eso fue por corrupción o por mal manejo, pero sí está claro que hay que buscar otra manera de ayudarlos», admitió.
Que no te lo cuenten. Lo que Campos pone sobre la mesa es exactamente lo que el establishment diplomático lleva años evitando nombrar: China no construye puertos ni presta dinero en el Caribe por altruismo; lo hace para proyectar poder sobre el patio trasero de su principal rival. Cada acuerdo que Beijing firma en la región es un peón en un tablero que termina en Washington. La administración Trump lo entiende, y por eso América Latina dejó de ser el relleno de la agenda para convertirse en una prioridad. El libre mercado, la inversión con reglas claras y la soberanía real —no la que se hipoteca a Pekín a cambio de infraestructura con letra pequeña— son la alternativa que EE.UU. tiene que ofrecer con hechos, no solo con declaraciones.



