Estados Unidos trasladó varios drones MQ-9 Reaper desde África hacia Colombia y Ecuador, como parte de la estrategia de la administración de Donald Trump para ampliar las operaciones militares contra organizaciones dedicadas al narcotráfico en América Latina.
The New York Times informó que la decisión busca reforzar tareas de vigilancia, inteligencia y eventuales operaciones de precisión contra estructuras vinculadas al narcotráfico. Funcionarios citados por ese diario señalaron que se trata de un número reducido de aeronaves, aunque no precisaron cuántas fueron enviadas a cada país ni cuántas ya llegaron.
En el caso colombiano, funcionarios de Defensa habían informado hace unos meses que el país recibiría tres MQ-9 Reaper en calidad de préstamo y que se estudiaba la adquisición de una cuarta aeronave. Infobae añadió que la fuerza pública analiza sumar otra unidad para ampliar sus capacidades de vigilancia e inteligencia contra grupos armados y redes dedicadas al tráfico de cocaína.
El nuevo esquema se suma al enfoque de seguridad del gobierno de Abelardo de la Espriella, que ha priorizado operaciones militares contra grupos armados y estructuras vinculadas al narcotráfico. Entre los posibles objetivos figuran el Clan del Golfo, las disidencias de las Farc vinculadas a «Iván Mordisco», la Segunda Marquetalia y el ELN.
En Ecuador, el ministro de Defensa, Gian Carlo Loffredo, confirmó que dos drones fueron entregados para labores de cooperación y ya operan en el espacio aéreo ecuatoriano. Las aeronaves tendrían funciones de reconocimiento, seguimiento e interdicción dentro de la estrategia del presidente Daniel Noboa.
El MQ-9 Reaper es una aeronave no tripulada de gran autonomía. Puede transportar cámaras térmicas, sensores de vigilancia e instrumentos para interceptar comunicaciones electrónicas. Además, tiene capacidad para portar misiles y bombas, por lo que combina inteligencia con ataques de precisión.
The New York Times indicó también que estas aeronaves pueden costar hasta USD 50 millones. Según esa información, al menos 45 Reaper, cerca de una cuarta parte del total, fueron destruidos en la guerra con Irán.
La señal política es clara. Washington está empujando la cooperación regional hacia un modelo más duro, más militarizado y más dependiente de tecnología de guerra. Que no te lo cuenten: cuando el Estado agranda su aparato de seguridad, la factura no solo se mide en dólares, también en soberanía operativa.
Otra vez la doble vara. Para combatir al narcotráfico se despliegan herramientas de élite y se promete precisión; pero el mismo esquema deja a los gobiernos locales atados a una arquitectura militar diseñada desde afuera. El relato de la eficacia siempre llega primero. La pregunta es quién paga, quién manda y quién responde cuando la burocracia de seguridad se vuelve permanente.


