Que no te lo cuenten. La autocrítica más demoledora sobre la frontera no viene de un republicano ni de un analista conservador. Viene de adentro.
Ken Salazar, ex secretario del Interior bajo Obama y ex embajador de Estados Unidos en México durante la administración Biden, acaba de publicar el libro «Borderlands», donde desmonta con nombres y fechas el fracaso migratorio de su propio partido.
Su diagnóstico es quirúrgico: «Desde el primer día debió haber existido un gran sentido de urgencia para atender la crisis de una frontera rota y la crisis migratoria que estábamos viendo». Según Salazar, la Casa Blanca de Biden careció tanto de una estrategia integral como de una operación de comunicación coherente. El resultado fue un vacío que los republicanos llenaron sin resistencia.
«Creo que eso es lo que atrapó a la administración en esa sensación de que se despertaron demasiado tarde cuando finalmente hicieron las cosas correctas para controlar la frontera», escribió.
El libro revela además un episodio que habla por sí solo sobre cómo funciona el aparato burocrático cuando las prioridades no están claras. Durante una visita oficial a México con Biden y varios funcionarios de su círculo íntimo, Salazar estuvo a punto de renunciar a su cargo de embajador. ¿La razón? Fue excluido de una reunión clave en el Palacio Nacional de Ciudad de México, precisamente aquella en la que quería presentar su propuesta de nombrar un «zar» de frontera y migración.
Salazar logró reunirse en privado con Biden en el último momento y le planteó sin rodeos: «Necesitamos a alguien en la Casa Blanca que supervise la frontera, la migración, México y las Américas. Ahora mismo nadie está a cargo». Llegó a citar el precedente del asesor Jeffrey Zients, quien coordinó la respuesta al COVID-19 con autoridad transversal sobre agencias. Nunca se creó ese cargo.
El ex diplomático también señala un problema estructural más profundo: la política exterior estadounidense opera bajo un «paradigma este-oeste», mirando a Asia y Europa mientras descuida a México y al hemisferio occidental. Ese mismo sesgo, argumenta, paralizó al gobierno de Biden frente a su vecino más inmediato.
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El relato se cayó solo. Durante años, la narrativa oficial del Partido Demócrata presentó la crisis fronteriza como un fenómeno inevitable, herencia de Trump o producto de causas «estructurales» imposibles de gestionar. Salazar, uno de los suyos, desmonta esa coartada: hubo decisiones, hubo omisiones, hubo reuniones de las que se excluyó a quienes querían actuar.
Lo que describe no es mala suerte. Es burocracia sin mando, comunicación sin estrategia y prioridades invertidas. El costo lo pagaron los contribuyentes estadounidenses, las comunidades fronterizas y, en última instancia, los propios migrantes. Trump convirtió ese desorden en su argumento más poderoso. Difícil contradecirlo cuando el testigo principal acaba de ponerlo por escrito.



