El senador Josh Hawley (R-MO) no se anduvo con rodeos en la reciente audiencia del Senado con Anthony Fauci, exdirector del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas: «No se trataba solo del dinero. Se trataba de un viaje de poder. Querías ser el dios del sol de la ciencia. Querías ser el tipo a cargo de todo».
La frase pegó fuerte. Y no solo porque Fauci llegó a declarar que «los ataques a mí son, francamente, ataques a la ciencia» y que él representa la ciencia. Pegó porque Fauci encarna, según el análisis del jurista Steve Milloy —fellow sénior del Energy and Environment Legal Institute—, un perfil de científico en el que la agenda política y el ego desplazan al trabajo científico real.
Milloy señala que el fenómeno no se limita a la pandemia. En el ámbito climático, el exjefe de ciencias del clima de la NASA James Hansen protagonizó su famoso testimonio ante el Senado en junio de 1988 —durante una ola de calor, en una sala con ventanas abiertas toda la noche— y lanzó décadas de alarmismo. En 2006 acusó a la administración Bush de censurarlo por querer revisar sus declaraciones públicas, siendo él un empleado del gobierno.
El otro nombre en el dock es Michael Mann, autor del célebre gráfico de «palo de hockey» de temperaturas. El escándalo Climategate de 2009 expuso sus intrigas contra escépticos del clima. Un juicio por difamación que lleva 14 años terminó con Mann siendo sancionado por el propio juez por presentar evidencia falsa al jurado sobre el punto central del caso: los daños. Mann, además, llegó a afirmar falsamente ser ganador del Premio Nobel.
Pese a todo eso, la Academia Nacional de Ciencias (NAS) lo citó como fuente creíble en un manual de referencia científica para jueces preparado el año pasado para el Federal Judicial Center. Más grave aún: según Milloy, la NAS permitió que el capítulo sobre clima fuera redactado por activistas climáticos involucrados en litigios pendientes contra la industria petrolera. El Federal Judicial Center eliminó ese capítulo de su propia edición, pero la NAS lo mantuvo en la copia de su sitio web.
Ninguno de los tres —Fauci, Hansen ni Mann— tiene un logro científico al nivel del Nobel, apunta Milloy. Lo que sí tienen es acceso a micrófonos, presupuestos públicos y la cobertura de instituciones que deberían ser árbitros neutrales del conocimiento.
Este es el patrón que Contrafuego lleva tiempo señalando: cuando la burocracia científica se fusiona con la agenda política, el contribuyente paga dos veces. Primero financia la investigación; luego financia las consecuencias de las políticas públicas construidas sobre esa ciencia adulterada. El relato de que «la ciencia habló» es, con demasiada frecuencia, la coartada perfecta para que unos pocos decidan por todos. Que no te lo cuenten.



