El senador John Fetterman (D-PA) admitió esta semana estar «perplejo» ante su propia popularidad entre votantes republicanos, al tiempo que rechazó la invitación de Lara Trump para cambiar de partido. La conversación quedó registrada en el programa My View with Lara Trump, emitido el sábado.
Los números no mienten. Según una encuesta de la Universidad Quinnipiac realizada este mes, Fetterman tiene 77% de aprobación entre republicanos en Pensilvania y 69% de desaprobación entre demócratas. Un político demócrata más querido por el adversario que por los suyos. Que no te lo cuenten.
«Voy a todos lados, hago las compras, y la gente se me acerca. Casi siempre es muy positivo», dijo Fetterman. «No entiendo del todo por qué soy tan popular entre los republicanos, pero siempre voy a tratar a ambos lados con respeto».
Lara Trump fue directa: el Partido Republicano lo «adoraría» tener en sus filas. Fetterman declinó, aunque dejó abierta una sola puerta: si los demócratas se vuelven abiertamente anti-Israel, reconsideraría su posición. Hasta entonces, se queda donde está.
El senador no esconde que lleva tiempo aislado dentro de su propio partido por su defensa irrestricta de Israel y su disposición a criticar a la izquierda extrema. Rechaza llamar «fascistas» o «nazis» a los republicanos y defiende el desacuerdo respetuoso. Por eso, dice, lo atacan los suyos.
«Existe una doble vara», denunció Fetterman. «Sanders y otros pueden criticar a los demócratas, pero cuando yo señalo al extremo… me preguntan por qué voy a Fox». Su respuesta: «Hablaré con quien juegue limpio».
Irónico: GovTrack sitúa a Fetterman como más liberal en su voto que más de una docena de senadores demócratas. No es un moderado disfrazado; es alguien que simplemente se niega a usar el manual de insultos del progresismo institucional.
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Lo que revela este episodio no es la rareza de Fetterman, sino la enfermedad del Partido Demócrata. Cuando un senador con historial de voto progresista es más popular entre el adversario que entre los suyos, el problema no es el senador: es un partido que ha expulsado el sentido común para abrazar el maximalismo identitario y el anti-israelismo de sus primarias.
La burocracia ideológica castiga la disidencia interna y premia la pureza del relato. Fetterman rompió esa dinámica, y el precio es el ostracismo. Que un político electo prefiera la conversación honesta al insulto fácil debería ser lo mínimo exigible. Que hoy sea noticia dice todo sobre el estado del progresismo estadounidense.



