Desde que comenzaron las protestas en Francia, más de 5,000 personas han sido arrestadas o detenidas. Aproximadamente 85% de ellas serían menores, según el texto.
También se han cerrado cientos de escuelas. Más de 20 edificios académicos han sido vandalizados o incendiados, con daños por millones de euros. Además, cientos han resultado heridos, entre ellos algunas personas a las que prendieron fuego.
El editorial sostiene que las protestas no son solo una reacción a malas condiciones escolares o a un financiamiento educativo insuficiente. Afirma que son una cobertura útil para un golpe político de extrema izquierda. Y presenta lo ocurrido en Francia como una advertencia para padres y autoridades escolares en Estados Unidos.
La pieza dice que la misma ideología de opresor contra oprimido ya se ha infiltrado en distritos escolares estadounidenses. Señala que en muchas aulas de K-12 se ha normalizado reescribir y distorsionar los valores y la historia de la cultura occidental.
Según el editorial, en los planes de estudio se presenta al capitalismo y a la cultura occidental como «exploitative» y ligados a la supremacía blanca y la esclavitud. También menciona teorías como critical race theory, decolonization, intersectionality, critical consciousness, white privilege y whiteness como parte de ese marco.
La columna añade que ese adoctrinamiento no termina en el aula. Dice que también exige activismo para desmontar las estructuras que sostienen la cultura occidental. Pone como ejemplo los cursos de ethnic studies, que describe como un programa de entrenamiento activista que culmina en protestas callejeras para «disrupt systems of power and oppression».
Entre los ejemplos citados figuran los paros estudiantiles de la primavera pasada contra acciones de ICE. También menciona que en abril el Chicago Teachers Union presionó a Chicago Public Schools para convertir el 1 de mayo en un día de acción cívica en toda la ciudad. Y señala que la American Federation of Teachers aprobó en julio una resolución para declarar ese mismo día como una jornada de defensa de la educación pública.
Que no te lo cuenten. El relato se cayó solo: cuando la burocracia educativa adopta causas políticas, deja de educar y empieza a fabricar militantes. Y cuando eso pasa con dinero de los contribuyentes, la factura la pagan las familias, el orden público y la libertad de enseñar sin propaganda.
Otra vez la doble vara: se vende como «educación cívica» lo que en realidad es activismo. Si las escuelas se convierten en una línea de montaje ideológica, el conflicto no se queda en el aula. Sale a la calle.


