Lindsey Graham murió a los 71 años. Lo hizo con la agenda llena y el teléfono caliente.
Según reportó Axios, Graham le confesó a una persona cercana que no se sentía bien. Esa persona lo presionó para que buscara atención médica. Él respondió que esperaría hasta después de su aparición en NBC's «Meet the Press».
«No puedo morirme ahora. Todavía necesito hacer las sanciones a Rusia, resolver lo de Irán y lograr la normalización entre Israel y Arabia Saudita», dijo Graham, según la misma fuente.
Antes de esa conversación, Graham había hablado por teléfono con el presidente Donald Trump. Trump declaró a NBC que recibió el mensaje de la muerte alrededor de la 1 de la madrugada. «Simplemente no podía creerlo», dijo.
La causa preliminar de muerte fue divulgada por la oficina del senador. El médico forense determinó que Graham falleció por «disección aórtica debida a enfermedad cardiovascular arteriosclerótica». La disección aórtica es un desgarro en la pared interior de la aorta. Es una emergencia médica. Sin atención inmediata, suele ser fatal.
El certificado de defunción permanece pendiente. La oficina de Graham explicó que se actualizará una vez que concluyan los análisis toxicológicos y microscópicos.
Era su aparición número 64 programada en «Meet the Press». No hubo una 64.
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Que no te lo cuenten. Graham era de los pocos legisladores republicanos con peso real en política exterior. Sanciones a Rusia, contención a Irán, el acuerdo Israel-Arabia Saudita: tres frentes abiertos que él consideraba propios. No era retórica. Era su agenda de trabajo del domingo.
Eso dice algo de un hombre. También dice algo del sistema: un senador de 71 años cargaba compromisos que deberían repartirse entre docenas. La burocracia de Washington no adelgaza sola. Los huecos que deja Graham no los llena el aparato. Los llena, o no los llena, quien venga después. Carolina del Sur tendrá elección especial. Trump ya insinuó que tiene favorito. El tablero se mueve rápido. Graham apenas lleva días muerto.



