Los lectores del New York Post se metieron de lleno en una polémica que toca un nervio sensible: la escuela pública, la responsabilidad de los padres y el peso de la burocracia educativa.
La pieza recoge críticas a Nikole Hannah-Jones por haber inscrito a su hija, Najya, en una escuela pública que describen como fallida. Un lector sostiene que pudo haberla puesto en «una escuela exigente y disciplinada». Otro dice que sus explicaciones para esa decisión son insuficientes.
En ese intercambio aparece el frente ideológico. El mismo lector acusa a Hannah-Jones de evitar palabras como «racismo» y «financiamiento inadecuado» cuando habla del mal desempeño escolar. Según esa carta, habría que mirar también a los sindicatos docentes, a los que atribuye el objetivo de «adoctrinar» a los alumnos en causas «woke».
Otra carta va más lejos y culpa al Departamento de Educación por una gestión incompetente, que presenta como causa real del pobre desempeño de las escuelas públicas. También responsabiliza a Hannah-Jones de haber sacrificado la educación de su hija en nombre de cambios sociales colectivos.
La discusión no se limita al caso de una columnista. El paquete de cartas insiste en una idea incómoda para el relato progresista: cuando una escuela fracasa, no basta con culpar a abstractas fuerzas externas. Un lector, padre y abuelo, afirma que los padres son, en última instancia, responsables de la educación de sus hijos. Si la escuela es mala, añade, existen opciones como la tutoría o el cambio de centro.
También hay una segunda línea de debate. El Post incluye una carta sobre los llamados «mole men», los hombres que se metían en las alcantarillas de Nueva York. El lector advierte que los desagües están infestados de patógenos capaces de causar enfermedades graves. Otro comenta que, si no hubieran sido atrapados, podrían haber salido de noche a propagar enfermedad por la ciudad.
La foto general es clara: donde la burocracia falla, el costo real lo pagan las familias y los contribuyentes. Y cuando la élite educativa intenta convertir un problema de gestión en un sermón político, el resultado es más excusas, no mejores escuelas.
Otra vez la doble vara. Se exige fe en el aparato estatal, pero se castiga a quien señala sus fracasos. Que no te lo cuenten: la educación de los hijos no mejora con propaganda, sino con responsabilidad, disciplina y resultados medibles.


