Honorio Henríquez, quien ejercerá como presidente del Congreso 2026-2027 en representación del Centro Democrático, salió a responder las críticas que sectores cercanos al presidente electo Abelardo de la Espriella han lanzado contra su partido. El mensaje fue directo: «Tienen que bajarle al tonito y colocarse en sensatez».
La tensión tiene un origen concreto. Por primera vez en casi treinta años —desde 1998, según la fuente— un presidente electo no logró asegurar la presidencia del Senado en su primer año. De la Espriella quería a Alfredo Deluque, del partido de la U, en esa silla. Henríquez lo venció por once votos.
Lejos de escalar el conflicto, Henríquez relató que el propio De la Espriella lo llamó para felicitarlo. «Esa es la democracia», le dijo el mandatario entrante, según el legislador. Henríquez respondió con un compromiso de colaboración: «Presidente, cuente con el Congreso en medio de la independencia de poderes, pero de la colaboración armónica que nos debe asistir».
El problema no viene del presidente electo, sino de su entorno. El director del Centro Democrático, Gabriel Vallejo Chujfi, ha denunciado una campaña de desprestigio contra el partido. El nombre del estratega Carlos Suárez ha circulado como posible responsable, aunque Henríquez no lo señaló directamente. Su llamado fue condicional: «Si está, un llamado a la sensatez. Y si no está, que contribuya a que los que estén también piensen con cabeza fría».
Henríquez fue claro sobre las consecuencias de seguir por ese camino: «Espero que dejen a un lado las agresiones o esto no les va a salir bien». Y añadió que los colombianos necesitan soluciones, no agresiones, y que el descontento popular castigará a quien elija el ruido sobre los resultados.
El legislador también subrayó la fuerza parlamentaria de su colectividad: afirmó que el Centro Democrático cuenta con 47 congresistas —«lo que hemos denominado las abejas»— y que representan la mayoría de la centroderecha y son «la bancada mayoritaria de Gobierno», en sus propias palabras.
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Que no te lo cuenten. Lo que se ve aquí es el choque clásico entre una maquinaria electoral que acaba de ganar y un Congreso que se negó a rendirse por decreto. La independencia de poderes no es un adorno retórico: es exactamente lo que ocurrió cuando 47 legisladores votaron según su criterio y no según el deseo del palacio. Eso se llama institucionalidad, y es precisamente lo que Colombia necesita proteger antes del 7 de agosto. El relato de que el nuevo gobierno llega con todo el poder amarrado se cayó solo, en once votos.



