Neria Leiter, reservista de las FDI y ciudadano estadounidense, quedó sedado y en condición crítica tras ser embestido por un vehículo en el puesto de control de Maccabim, sobre la Ruta 443, cerca de Modi’in.
La víctima es hijo de Yechiel Leiter, embajador de Israel ante Estados Unidos. El ataque ocurrió el miércoles en Judea y Samaria, cuando un palestino chocó de frente contra un patrullero policial en el marco de una operación de seguridad conjunta, según la información disponible.
Las autoridades identificaron al conductor como Muhammad Mahmoud Suleiman, de 29 años, residente de Beit Ur al-Tahta. Según la misma información, fuerzas de las FDI lo mataron cuando intentó huir a pie.
Leiter tuvo que cortar su viaje a Nueva York, donde se encontraba por la Asamblea General de Naciones Unidas, para regresar a Israel y permanecer junto a su hijo, que recibió intervenciones para salvarle la vida, incluido soporte respiratorio, en el Centro Médico Shaare Zedek de Jerusalén.
La familia ya había sufrido otra pérdida: el hijo mayor del embajador, Maj. Moshe Yedidya, murió mientras servía como comandante de compañía en Gaza, «casi hace 3 años», según la fuente. Ahora, el golpe volvió a caer sobre el mismo hogar.
La violencia no terminó ahí. Horas antes, en las colinas de Hebrón, dos hombres palestinos intentaron atropellar al dueño de una granja local. El agricultor respondió con su arma personal y hirió a uno de los atacantes en una pierna.
También se informó que Netanel Shakron, de 36 años y padre de seis hijos, fue asesinado a tiros cerca de su casa cuando llevaba a sus hijos a un manantial natural. Un transeúnte disparó al atacante palestino antes de que pudiera apuntar a uno de los niños de Shakron.
Otra vez la doble vara. Cuando el costo humano recae sobre familias israelíes, el lenguaje de la burocracia internacional suele quedarse corto y el relato intenta diluir la responsabilidad. Pero aquí no hay ambigüedad: hay un puesto de control, un ataque deliberado y una familia destrozada.
Que no te lo cuenten. El fondo de esto es simple: cuando la seguridad falla, pagan los civiles, paga el orden y paga la libertad de vivir sin miedo. Y mientras la violencia se repite, la región sigue atrapada entre el terrorismo y la incapacidad de frenarlo con firmeza.


