El relato se cayó solo.
El Dr. Jody Edward Ginn, historiador y profesional de museos, visitó el Museo Nacional de Historia Americana del Smithsonian por primera vez desde 2012. Lo que encontró, según declaró a Fox News Digital, fue «un lugar completamente diferente». Su veredicto no tiene matices: «Su misión es claramente exactamente lo que ellos la cambiaron para que fuera. Es un museo para el activismo. Usan la historia, pero ese es el problema».
Ginn viajó desde Texas después de leer el informe del Consejo de Política Doméstica de la administración Trump, que acusa al Smithsonian y al NMAH de no presentar la historia «de una manera que sea inspiradora, unificadora y digna de nuestra gran república». Quiso ver con sus propios ojos. Y lo que vio le confirmó lo que lleva más de una década observando desde adentro de su campo.
«Desde el momento en que entré, es una experiencia muy diferente», dijo. La institución, según Ginn, busca «dirigir específicamente» a los visitantes «hacia la acción» en lugar de darles información para «tomar sus propias decisiones». Palabras textuales: «Se convirtió en su propio objetivo declarado transformar los museos de instituciones de educación pública en instituciones para fomentar el activismo, lo que también podría llamarse adoctrinamiento».
Ginn señaló haber encontrado «información factualmente incorrecta» en algunas exhibiciones, pero advirtió que lo que no se cuenta es igual de engañoso: «El mayor problema está en lo que omiten».
También criticó el contenido explícito y sexualmente gráfico presente en exhibiciones dirigidas a todas las edades, incluyendo la muestra «Illegal to Be You: Gay History Beyond Stonewall», que incluye un arnés de bondage. El representante Tim Burchett, republicano por Tennessee, interrogó sobre esa exhibición a la directora del museo, Anthea Hartig, en una audiencia en la Cámara el mes pasado.
Ginn calificó el testimonio de Hartig como «muy decepcionante» y dijo que no representó «una presentación académica en absoluto». Recordó además que en una presentación de 2024 ante estudiantes universitarios, Hartig explicó que el museo eliminó la mención de «historia americana» de su declaración de misión porque era «difícil salir de la mentalidad 'America First'».
Sobre el llamado MASS Action Toolkit de 2017, un documento interno que describe la «objetividad» como una característica de la «cultura de la supremacía blanca», Ginn lo enmarcó como parte del giro activista de la institución.
Su conclusión es lapidaria: recuperar el Smithsonian requiere «un esfuerzo masivo» para reemplazar al personal actual con personas comprometidas con «estándares académicos y programación educativa no politizada». «Esta gente se lo ha tragado todo, anzuelo, sedal y plomada», dijo.
Aquí está el principio en juego: el Smithsonian es financiado con dinero de los contribuyentes estadounidenses. No es una ONG, no es un colectivo de activistas, no es un espacio de militancia. Es una institución pública que debería rendir cuentas a todos los ciudadanos, no solo a quienes comparten su agenda política. Cuando la burocracia cultural captura una institución de esa magnitud, el daño no es solo intelectual: es una deuda que pagan los ciudadanos con sus impuestos y sus hijos con su educación. Que no te lo cuenten.



