Simeón Flores, un político de 45 años, ganó la elección municipal en Queropalca, distrito de la región peruana de Huánuco, con 229 votos. Compitió por el partido Ahora Nación y obtuvo 34.5% de los 663 votos válidos, según los datos electorales citados.
Su apellido político no pasó desapercibido: se llama Hitler Mussolini Simeón Flores. Su nombre evoca a Adolf Hitler y Benito Mussolini, figuras centrales del nazismo y del fascismo europeo. La victoria, sin embargo, todavía espera la proclamación formal de la autoridad electoral.
En la contienda, su rival más cercano fue Gaspar Benilde Osorio Zambrano, de Renovación Popular Perú, que recibió 204 votos. La ventaja final fue de 25 sufragios.
Las fuentes también señalan que Simeón declaró haber renunciado en 2025 al partido Fuerza Popular antes de postular por Ahora Nación. Su perfil oficial lo identifica como gerente del grupo de inversión Simeon Sac Investment Group, pero no explica el origen de su nombre.
No es el primer caso de este tipo en Perú. Hitler Guesclin Alba Sánchez fue alcalde de Yúngar entre 2011 y 2014 y volvió a ganar en 2018. En aquella campaña incluso se presentó como «el buen Hitler» y dijo que su padre no entendió la asociación histórica cuando le puso ese nombre.
El fenómeno tampoco se limita a Perú. En Namibia, Adolf Hitler Uunona ganó por quinta vez consecutiva una elección local en noviembre de 2025. Ese mismo mes, The Namibian informó que quitó Hitler de su documento de identidad y pidió ser conocido como Adolf Uunona. En una entrevista de 2020, dijo que de niño el nombre le parecía normal y que no tenía «nada que ver» con el nazismo.
De acuerdo con cifras del registro civil citadas por La República, al menos 3,943 peruanos se llamaban Hitler en 2023.
Que no te lo cuenten. Hay algo profundamente fallido en una cultura donde nombres asociados a los peores horrores del siglo XX se vuelven rutina administrativa. No es un chiste: es una muestra de la banalización histórica que convive con la burocracia electoral y la indiferencia social.
Otra vez la doble vara: el sistema político registra, valida y normaliza estas rarezas, pero luego finge sorpresa cuando el país termina exhibido ante el mundo. El problema no es solo el nombre; es la normalización de lo impensable como si fuera una anécdota inocente.


