Kathy Hochul, gobernadora demócrata de Nueva York, publicó en X que los neoyorquinos han «ahorrado» US$450 millones al mes gracias a las comidas escolares gratuitas que ofrece su administración. El mensaje iba acompañado de una pulla directa a Washington: «La Casa Blanca podría aprender un par de cosas».
El contexto que Hochul omite es el que importa. Ese «ahorro» no cayó del cielo: sale del presupuesto estatal, es decir, del bolsillo de los contribuyentes neoyorquinos. Llamar «ahorro familiar» a un gasto público es el truco más viejo de la burocracia progresista: mover el costo de un bolsillo a otro y presentarlo como conquista social.
La gobernadora también anunció la distribución de más de US$2.000 millones a los neoyorquinos a través del programa de Alivio de Impuestos Escolares (STAR), presentado el pasado 16 de junio. «Seguimos devolviendo más dinero», dijo en conferencia de prensa.
El telón de fondo es real y merece atención: un análisis de Groundwork Collaborative y The Century Foundation, citado por The 19th News, estima que las familias gastarán hasta US$4.000 por niño en útiles y comidas escolares durante el ciclo 2026-2027, un incremento del 10,7% respecto al año anterior. El costo promedio de la lista de útiles se ubicará entre US$173,45 y US$175, un alza del 7,7%. Preparar la lonchera costará más de US$3.800 anuales, casi US$400 más que el ciclo pasado. Los arándanos subieron entre 47,7% y 48%; el pan de sándwich, entre 21,8% y 22%; el jugo de manzana, 20%; y las carnes frías como pavo y jamón, 12%. El estudio atribuye estos incrementos a aranceles, conflictos internacionales y recortes de beneficios.
«Cada vez es más difícil mantener a la familia», reconoció Lindsay Owens, presidenta de Groundwork Collaborative.
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Aquí está la doble vara en toda su magnitud. Hochul toma cifras de inflación real —generadas en parte por políticas energéticas y regulatorias que su propio partido ha impulsado durante años— y las convierte en argumento para expandir el aparato estatal. El «almuerzo gratis» no existe: alguien lo paga, y ese alguien es el contribuyente de Nueva York.
Mientras la gobernadora acumula titulares con cheques firmados con fondos públicos, las familias siguen enfrentando una lista de útiles 7,7% más cara y una lonchera que consume casi US$400 adicionales al año. El relato se cayó solo: más gasto estatal no baja los precios; los subsidia temporalmente y esconde la factura. Eso, precisamente, es lo que la Casa Blanca no debería aprender.



