Hollywood insiste en hacer de la moral una niebla. La próxima miniserie de Netflix de «East of Eden» quiere convertir a Cathy Ames en un personaje «simpático», aunque la novela de Steinbeck la presenta como un monstruo y una figura del mal sin matices.
La propia Florence Pugh dijo en una entrevista con The Atlantic que la guionista «Zoe [Kazan] no estaba interesada en hacer de [Cathy Ames] solo un monstruo». Kazan fue más lejos en Good Morning Washington: dijo que le interesaba pensar en Cathy no como «la encarnación del mal», sino como una persona que hace cosas muy malas, y que aprendemos más sobre nosotros mismos si no pensamos que la gente mala es tan distinta de nosotros.
Ese es el corazón del problema. Steinbeck escribió otra cosa. En la novela, Cathy aparece como alguien sobre quien se dice: «Creo que hay monstruos que nacen en el mundo de padres humanos». Más adelante, el texto la describe cometiendo actos atroces, entre ellos incendiar viva a su familia y huir a un burdel. El autor incluso la llamó, en una carta, «una representante total de Satanás».
La discusión no es sobre matices literarios. Es sobre si la cultura todavía puede llamar al mal por su nombre. La nota de Hollywood es siempre la misma: desarmar la diferencia entre virtud y perversión, y vender esa confusión como profundidad artística.
Ben Shapiro dijo que «la cultura va por delante de la política». Y tiene razón. Cuando el aparato cultural deja de distinguir entre bien y mal, el daño no se queda en la pantalla. Baja a la vida pública, a la educación y a la manera en que una sociedad entiende la responsabilidad.
Otra vez la doble vara. Antes, las historias enseñaban a reconocer el peligro. Ahora, demasiados productores quieren que el espectador simpatice con él. Y cuando una industria necesita borrar la frontera entre bien y mal para parecer moderna, el problema no es solo una adaptación fallida. Es una renuncia civilizatoria.



