Un petrolero explotó y se incendió en el Estrecho de Ormuz. Así lo afirmaron las Fuerzas Armadas de Irán durante la madrugada del jueves. Según la Guardia Revolucionaria Islámica, la embarcación intentaba cruzar «la ruta minada al sur del estrecho». Otros dos buques que transportaban crudo dieron media vuelta al ver el incendio.
La versión iraní no deja margen a la interpretación. Los tres petroleros, dice el comunicado difundido por la agencia Tasnim, fueron «provocados y tentados por el ejército estadounidense asesino de niños». El lenguaje es deliberado. Es propaganda de guerra.
La Guardia Revolucionaria fue más lejos en sus amenazas. «El estrecho de Ormuz está bajo nuestro control», declaró. Advirtió que permanecerá «completamente cerrado» mientras Estados Unidos mantenga operaciones en la zona. Y remató: «Cualquier buque que se deje engañar por Estados Unidos e intente atravesarlo sin coordinación con la República Islámica de Irán sufrirá la misma suerte».
El régimen también lanzó un ultimátum a Washington. Le exigió cesar sus «intervenciones» y las acusó de generar «crisis energética y reducción de fertilizantes agrícolas». Prometió, además, que las acciones estadounidenses conducirán a «un mayor descrédito y a la derrota irreparable que pronto sufrirá».
Estados Unidos rechazó de plano la narrativa de Teherán. El Mando Central (CENTCOM) fue directo: «Irán no controla el estrecho de Ormuz». Señaló que la vía navegable internacional permanece abierta «independientemente de las amenazas y los ataques de la Guardia Revolucionaria». Agregó que, desde comienzos de mayo, las fuerzas estadounidenses han asistido a más de 900 buques en su tránsito por el estrecho.
Dos relatos. Solo uno puede ser verdad.
El Estrecho de Ormuz no es un detalle geopolítico menor. Es la arteria por la que fluye una porción crítica del petróleo mundial. Minar esa ruta —o amenazar con hacerlo— es un ataque directo a la economía global. No a Estados Unidos. A todos.
El régimen de los ayatolás sabe que el caos energético es su única palanca de negociación real. Que no te lo cuenten como una disputa regional. Es extorsión a escala planetaria. Y mientras Teherán juega con minas y comunicados incendiarios, son los consumidores, las empresas y los países en desarrollo los que pagan el precio en cada surtidor y cada factura de electricidad.



