Una pequeña publicación de Florida creyó haber publicado una opinión más sobre la guerra con Irán. Semanas después, OpenAI dijo que el supuesto autor era en realidad parte de una operación de influencia iraní que usaba periodistas falsos y artículos asistidos por inteligencia artificial para colarse en medios de comunicación.
The Port St. Joe Star publicó el texto «The cost of American power in the Iran War» el 22 de septiembre bajo la firma de Ervin B. Hoskins. Pero, según un informe divulgado el jueves por OpenAI, Hoskins era una persona ficticia creada para una campaña de influencia originada en Irán.
OpenAI dijo que los operadores usaron ChatGPT para «refinar» artículos en inglés y adaptarlos a los requisitos de envío de publicaciones específicas. La empresa añadió que la biografía de esa identidad decía ser de «un escritor independiente estadounidense», pero que la transparencia en redes sociales ubicó las cuentas en Irán.
The Washington Post también informó que la herramienta de verificación de imágenes de OpenAI identificó la foto del autor como generada por inteligencia artificial. OpenAI dijo que Hoskins era una de siete identidades falsas usadas por la operación, a la que llamó «Bogus Bylines».
La operación también generó tandas de comentarios en redes sociales que respaldaban su mensaje. Algunos se publicaron en línea con pocos minutos de diferencia entre sí. OpenAI identificó casi 100 artículos publicados o sindicados bajo las firmas de la operación en más de una docena de publicaciones.
Según el informe, esas piezas trataban por lo general sobre asuntos internacionales, geopolítica y acontecimientos de Oriente Medio, a veces desde una posición antibélica o progresista. La primera nota identificada fue publicada en julio de 2025, y la frecuencia aumentó después de que estalló la guerra entre Estados Unidos e Irán este año.
The Middle East Monitor publicó artículos bajo varias de las firmas de la operación, incluidas Hoskins, Michael Harrison, Jenny Williams y Alice Johnson. Según el Post, ese sitio publicó al menos 21 artículos bajo firmas falsas.
La red llegó además a publicaciones con audiencias considerables. Una de ellas tenía «casi 2 millones de seguidores en Facebook, casi 355.000 seguidores en X y más de 544.000 en Instagram a agosto de 2026».
Que no te lo cuenten: aquí no hablamos solo de un fraude de firmas, sino de la vulnerabilidad de una industria mediática que abre la puerta a cualquiera con la combinación correcta de relato y tecnología. Cuando una red extranjera puede disfrazar propaganda como opinión legítima, el daño no recae en el ego de los editores: recae en el lector.
Otra vez la doble vara. Los mismos sectores que suelen pedir más censura, más filtros y más burocracia digital son incapaces de detectar una operación que usó nombres inventados, imágenes falsas y texto afinado por IA. El resultado es siempre el mismo: menos confianza, más manipulación y una prensa que termina sirviendo de vehículo para agendas ajenas.



