La negociación entre Irán y Donald Trump volvió a chocar con la realidad del poder duro. Según reportó el New York Times, una facción radical iraní atacó el 7 de julio un buque con bandera de Catar en el estrecho de Ormuz, sin conocimiento de Masud Pezeshkian ni de Ahmad Vahidi.
Ese ataque, descrito como no autorizado, habría violado el cese al fuego pactado y contribuido a tumbar las conversaciones con la Administración Trump. El reporte, basado en testimonios anónimos de cinco funcionarios iraníes y dos miembros del CGRI, sostiene que gran parte del liderazgo del país ignoraba que esa facción había decidido actuar por su cuenta.
La secuela fue inmediata. Trump reimpuso el bloqueo naval a Irán el 14 de julio, tras las agresiones. La fase actual del bloqueo estadounidense comenzó ese día, después de que el presidente diera por acabado el acuerdo marco del alto el fuego que firmó el 17 de junio.
La tensión no se quedó en el papel. Estados Unidos e Irán reanudaron sus ataques cruzados el 30 de agosto. Y el costo ya se refleja en el mercado: el WTI cerró la semana pasada en 100.5 dólares por barril. No es un detalle menor. Antes de la guerra, por Ormuz pasaba el 20 % del crudo mundial.
El mismo reporte añade que el nuevo líder supremo, el ayatolá Mojtaba Jameneí, no ha aparecido en público desde marzo. Y también apunta que los radicales habrían ganado tiempo precisamente por esa ausencia.
Trump, por su parte, dijo este domingo que Estados Unidos «saldrá» de Irán «a menos que» Washington decida «quedarse con el petróleo». El sábado había afirmado que la guerra terminará después de las elecciones legislativas del 3 de noviembre.
También se informó que Omán e Irán anunciarán este lunes un nuevo acuerdo sobre el estrecho en una reunión con Arabia Saudí, Kuwait, Catar, Emiratos Árabes Unidos e Irak.
Lo que queda claro es que el relato de la estabilidad negociada se estrella, otra vez, contra la violencia de una facción que no rinde cuentas y contra el precio estratégico de un corredor energético vital. Cuando el Estado pierde el control real de sus actores armados, el mercado lo paga primero. Y lo pagan después los consumidores, la navegación y cualquier intento serio de paz.
Otra vez la doble vara. Hablan de negociación y moderación, pero el terreno lo dominan los que apuestan por la coerción y la provocación. Que no te lo cuenten. En Ormuz, la paz sigue dependiendo de quién tenga de verdad el control del aparato estatal y de quién esté dispuesto a quemar el puente para quedarse con la ventaja.


