El gobierno irlandés adquirió un jet Dassault Falcon 6X por 61 millones de dólares para transportar a sus ministros y altos funcionarios. La aeronave fue entregada sin un sistema clave: el «FalconEye», una tecnología infrarroja de última generación que permite a los pilotos aterrizar con seguridad en condiciones de baja visibilidad y niebla densa.
El motivo no fue técnico ni presupuestario. Según reveló el medio irlandés The Journal, la burocracia de Dublín decidió no contratar el sistema porque su fabricante es Elbit Systems, una empresa israelí de defensa. El boicot ideológico tuvo un costo práctico inmediato: el avión oficial queda operativamente limitado cada vez que las condiciones meteorológicas se complican.
El Departamento de Defensa irlandés respondió a las consultas del medio afirmando que «no existen límites actuales en la capacidad operativa de la aeronave». Sin embargo, según The Journal, fuentes bien informadas consultadas para el reportaje señalaron que la ausencia del sistema «limita el rango de opciones disponibles para los pilotos».
No es un episodio aislado. Irlanda ha encabezado en los últimos años la ofensiva anti-Israel dentro de Europa: fue el primer país europeo en impulsar legislación contra productos de Judea y Samaria, reconoció formalmente un Estado palestino y formuló repetidas acusaciones contra el ejército israelí. La hostilidad llegó a tal punto que Israel cerró oficialmente su embajada en Dublín, citando los dobles estándares del gobierno irlandés.
El viceprimer ministro Simon Harris ha sostenido que las políticas de su gobierno responden a consideraciones de «derechos humanos». El jet varado en la pista cada vez que hay niebla ofrece una respuesta más elocuente que cualquier comunicado oficial.
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Que no te lo cuenten. Aquí no hay tragedia geopolítica: hay una clase política que gastó el dinero de los contribuyentes irlandeses en un avión de 61 millones y luego lo dejó incompleto por razones de señalización ideológica. Eso se llama negligencia con fondos públicos, no política exterior valiente.
El relato se cayó solo. Cuando el aparato estatal prioriza el activismo de tribuna sobre la funcionalidad básica de sus propias herramientas, el resultado es predecible: burocracia cara, inutilizable y sin nadie que rinda cuentas. Irlanda no perjudicó a Israel con esta decisión. Se perjudicó a sí misma, con cargo al contribuyente.



