Susan Collins abrió distancia con Donald Trump durante el primer debate senatorial de Maine. La republicana dijo que no es «exactamente su senadora favorita» y aseguró que no había recibido señales de que el presidente vaya a visitar el estado antes de la elección general.
El intercambio también dejó a Troy Jackson bajo presión por su relación con la izquierda organizada. Ante preguntas sobre su afiliación con los Democratic Socialists of America, Jackson no lo confirmó ni lo negó y prefirió repetir su apoyo a «Medicare for all». La rama de la DSA en Maine había respaldado antes su campaña para gobernadora.
El choque más claro llegó sobre inmigración y seguridad electoral. Jackson rechazó el uso de identificación para votar y sostuvo que los no ciudadanos ya tienen prohibido sufragar. Collins respondió: «Solo los estadounidenses deberían votar en elecciones estadounidenses. No creo que sea demasiado pedir».
La discusión sobre el control electoral no fue abstracta. La fuente de The New York Post recuerda que el presidente Trump había impulsado este año la ley SAVE America, para exigir prueba de ciudadanía al votar, aunque la medida quedó estancada en el Senado. También señala que el tema de la identificación fue central en el debate y que un estudio de Pew Research de 2025 encontró que 83% de los encuestados apoyaba el voto con identificación.
En el plano económico, Jackson atacó a Collins por su respaldo a aranceles y por la guerra con Irán. Dijo que los habitantes de Maine no pueden pagar sus cuentas «con un comunicado de prensa o una carta con lenguaje fuerte». Collins replicó que Canadá «no es China», sino «nuestro vecino, nuestro amigo, nuestro aliado más cercano y nuestro mayor socio comercial», y afirmó que había presionado para sacar concreto, pulpa y sal de carretera de la lista arancelaria.
También hubo duelo por los antecedentes legislativos. Collins acusó a Jackson de llevar más de 20 años en la legislatura de Maine sin lograr aprobar gran parte de sus proyectos. Según citó la propia senadora, «más de un tercio» de sus iniciativas fueron rechazadas por unanimidad en comité.
Y como era previsible, el aborto volvió a encender el escenario. Jackson cargó contra Collins por su voto para confirmar a Brett Kavanaugh, a quien responsabilizó por la anulación de Roe v. Wade. Collins defendió su criterio y afirmó que evalúa a los nominados por sus «calificaciones, experiencia y si están capacitados para servir».
Que no te lo cuenten: el debate mostró otra vez la doble vara de la política moderna. Por un lado, una élite que relativiza reglas básicas como la identificación para votar; por el otro, un oficialismo republicano en Maine que intenta sobrevivir desmarcándose de Trump sin dejar de defender el orden institucional.
Lo que está en juego no es solo una banca. Es si el votante acepta una política de fronteras difusas, burocracia emocional y consignas de moda, o si vuelve a exigir reglas claras, responsabilidad fiscal y representación real. El relato se cayó solo: cuando se habla de impuestos, energía y seguridad electoral, las palabras bonitas duran menos que las cuentas por pagar.


