James Talarico, candidato demócrata al Senado por Texas, intenta alejarse de sus declaraciones previas sobre género, pero su historial sigue ahí. En entrevistas recientes con Fox News, dijo que sus comentarios sobre «seis géneros» «missed the mark» y afirmó que apoya una prohibición de atletas trans y una prohibición nacional de cirugías y hormonas de género para niños.
El problema es que, antes de ese viraje, Talarico había dicho sin rodeos que existen seis géneros y que Dios es no binario. Como legislador estatal, además votó contra proyectos para mantener a los varones biológicos fuera de los deportes femeninos y para terminar con los tratamientos de reasignación de género para menores.
Aun en su aparente rectificación, dejó margen para retroceder. Según la nota, solo se opone a que los varones entren al vestuario de niñas «if it endangers safety or fairness», y respalda prohibir la «medicina» de género para menores solo mientras el proyecto no contenga nada «harmful». En otras palabras: la supuesta conversión viene con cláusulas de escape.
La misma entrevista dejó otra señal incómoda. Talarico pidió una «overhaul» de la Corte Suprema para acabar con su supuesta «corruption» y se declaró «open to a discussion» sobre la expansión de jueces. También ha dicho sobre ICE: «It’s time to tear down this secret police force».
El patrón no es aislado. La pieza también vincula estas maniobras con Abdul El-Sayed, a quien describe como un candidato demócrata de Michigan que pasó meses unido a Hasan Piker y luego actuó como si apenas lo conociera cuando el comentarista recibió críticas. Según la nota, El-Sayed también borró viejas declaraciones, incluidas observaciones contra el 4 de julio y una propuesta para eliminar la Segunda Enmienda.
Lo que importa aquí no es solo Talarico. Es el intento de una parte del Partido Demócrata de vender normalidad mientras conserva intacta la agenda. Otra vez la doble vara: cambian el tono, no el impulso. Cambian la envoltura, no el contenido.
Que no te lo cuenten. Si un candidato necesita tantas vueltas para explicar lo que piensa, el problema no es de comunicación. Es de credibilidad. Y cuando la izquierda pide el voto con una mano mientras guarda la agenda radical con la otra, el electorado termina pagando el costo político de una estafa semántica.



