Lorna Hajdini, ejecutiva de JPMorgan Chase, renovó su contrademanda contra el exbanquero Chirayu Rana en una presentación hecha el lunes por la noche ante una corte federal de Manhattan.
Hajdini afirma que Rana montó un «esquema deliberado y sostenido» para retratarla como una depredadora sexual racista y una criminal. Según Hajdini, Rana fabricó las acusaciones para extraer millones de dólares de ella y del gigante bancario.
Rana había acusado a Hajdini de coaccionarlo para tener sexo y de exigirle sumisión para avanzar en su carrera. Entre sus señalamientos, incluyó que ella lo agredió sexualmente, le practicó sexo oral por la fuerza, le agarró los genitales y lo amenazó con «arruinarlo» si rechazaba sus avances.
En su presentación, Hajdini dijo que las acusaciones de Rana son falsas. La contrademanda pide daños no especificados por difamación, imposición intencional de angustia emocional y otros reclamos.
Hajdini añadió que las acusaciones de Rana le provocaron ansiedad severa, pánico y temor, y que la llevaron a retirarse de relaciones personales.
El abogado de Rana, Jon Norinsberg, dijo que su cliente rechaza «categoricamente» las acusaciones de Hajdini y que defenderá enérgicamente las contrademandas. JPMorgan, por separado, negó el lunes por la noche las acusaciones más graves de Rana.
Más allá del morbo judicial, el caso expone una constante de la gran banca: cuando todo termina en pleito multimillonario, la confianza pública queda triturada y el costo recae sobre una institución que vive de credibilidad. Si las acusaciones de Hajdini son correctas, hubo una maniobra para sacar dinero mediante denuncias fabricadas. Si no lo son, el banco ya carga con otro escándalo que vuelve a golpear su reputación.
Que no te lo cuenten: aquí no hay épica corporativa ni relato limpio. Hay una pelea por dinero, poder y credibilidad en el corazón de JPMorgan. Y cuando el aparato legal reemplaza a la verdad, el contribuyente y el público solo reciben más ruido, más litigio y menos confianza en las instituciones.



