Los ministros Claudio Alvarado y José García Ruminot salieron al paso de las críticas de Paulina Núñez, presidenta del Senado, quien cuestionó la relación entre el Ejecutivo y el Congreso, pidió un cambio en las vocerías y planteó una «cirugía mayor» al gabinete del Presidente José Antonio Kast.
Núñez había advertido una «falta de conducción política» y sostuvo que Kast «tiene que conducir y coordinar de manera distinta». También dijo: «Se nota el déficit político, qué duda cabe que se nota en el gabinete».
Alvarado respondió en Estado Nacional de TVN que es legítimo que altos cargos den su opinión. Pero marcó un límite claro: cuando se trata de personas que son parte de un mismo gobierno, dijo que esas opiniones deberían transmitirse por canales internos y no por la prensa.
Agregó que ese tipo de mensajes «generan ruido» y «generan confusión». También afirmó que decirle al Presidente qué hacer por la prensa «no me parece» y que la facultad de conformar el gabinete y decidir cambios es «exclusiva y única» del Presidente de la República.
García Ruminot coincidió con ese punto. Dijo en Mesa Central de Canal 13 que la conformación del gabinete y los eventuales cambios son facultad del Jefe de Estado. Además, defendió la gestión legislativa del gobierno y aseguró que «la gran mayoría» de los proyectos presentados han sido aprobados y convertidos en ley de la República.
Sobre el déficit político mencionado por Núñez, García Ruminot dijo que el Ejecutivo siempre está dispuesto a un mayor diálogo político y a más apoyo en las iniciativas de ley. Pero rechazó que más figuras con trayectoria política vayan a cambiar los resultados que están teniendo.
También respaldó a Alvarado como vocero. Lo describió como un «gran coordinador» y afirmó que sus intervenciones ante la prensa son «serenas, certeras, bien informadas».
Alvarado, por su parte, dijo que si el Presidente decidió que sea ministro del Interior y vocero, cumplirá esa función «hasta que el Presidente cambie de opinión».
La escena deja una lección bastante clara. Cuando el oficialismo empieza a discutir por la prensa quién debe conducir y quién debe obedecer, el problema no es solo de estilo. Es de poder. Y en política, el poder mal ordenado siempre termina pasando la cuenta.
Otra vez la doble vara. Se exige disciplina hacia afuera, pero se tolera el ruido cuando viene desde adentro. Que no te lo cuenten: el liderazgo no se declama, se ejerce. Y si Kast quiere sostener una agenda seria, necesita menos señales cruzadas y más autoridad real sobre su propio gabinete.



