Jacob Coxon, hasta entonces un investigador poco conocido de Anthropic, escribió el martes: «Renuncié hoy a Anthropic». Añadió que ni OpenAI ni Anthropic estaban «actuando con responsabilidad» y que corrían «directamente hacia una superinteligencia que se mejora a sí misma y apostando con nuestras vidas».
En 24 horas, su publicación superó los 100 millones de vistas, según el texto. Después vino el desfile político. El gobernador de Illinois, J.B. Pritzker, dijo que «se está haciendo más claro el peligro que la IA representa para la humanidad» y pidió una acción inmediata de la industria y de Washington. El senador Chris Murphy habló de «empresas de IA en una carrera ciega para construir primero una máquina de matar». Bernie Sanders pidió otra vez «prohibir la superinteligencia» y «pausar el desarrollo de la IA».
La maquinaria mediática no se quedó atrás. The Wall Street Journal recogió a Coxon diciendo que era «hora crítica» para la humanidad. Wired amplificó que esa hora crítica eran «los próximos dos años». Otros medios fueron todavía más lejos: Axios tituló que «insiders de Anthropic advierten que la IA podría matar a todos los humanos», mientras Ars Technica habló de una IA que podría «matarnos a todos». TechCrunch escribió que el desarrollo descontrolado de la IA podría «terminar matándonos a todos».
Pero el dato incómodo está en el dinero. El cofundador de Skype, Jaan Tallinn, figura como uno de los primeros inversionistas de Anthropic y también como gran financiador del ecosistema que advierte sobre el riesgo existencial de la IA. Su Survival and Flourishing Fund destinó más de 2 millones de dólares al AI Futures Project en 2025, además de 516.000 dólares a Encode AI y 1.635 millones de dólares al AI Policy Institute. Dustin Moskovitz y su esposa Cari Tuna, también vinculados a la ronda inicial de Anthropic, son los principales financiadores de Coefficient Giving, antes Open Philanthropy.
Nada de eso demuestra que alguien haya orquestado la renuncia de Coxon. Pero sí rompe la imagen de una rebelión espontánea de expertos independientes y aterrados. Aquí hay patronos extremadamente ricos, activistas profesionales y una red de instituciones bien financiadas empujando el mensaje. Y ese mensaje ya encontró aliados en Washington, sobre todo entre demócratas, pero también entre republicanos.
Que no te lo cuenten. El problema no es discutir los riesgos reales de la IA. El problema es cuando el pánico moral sustituye al juicio, y el aparato político usa ese miedo para pedir más control, más burocracia y más poder sobre una tecnología que todavía está definiendo su lugar en la economía. Otra vez la doble vara: se presenta una alarma como si fuera ciencia dura, cuando muchas veces también es influencia, dinero y captura del relato.


