La carrera por la inteligencia artificial ya se parece a un juego en línea multijugador, pero para multimillonarios. Así lo plantea la columna, que sostiene que OpenAI y Anthropic tratan la extinción humana como un eslogan publicitario mientras sus productos podrían «matarnos a todos».
Pero el argumento central va por otro lado: el supuesto apocalipsis de la IA estaría exagerado. La pieza sostiene que estas compañías están generando controversia sobre la potencia de sus productos para elevar las demandas de regulación. Y con más regulación, advierte, llega la captura regulatoria.
Ese es el verdadero negocio. Si el aparato estatal levanta un bosque de cinta roja, las empresas mejor conectadas pueden seguir avanzando mientras los posibles competidores quedan fuera por falta de capital o contactos. En ese esquema, el miedo público no protege al ciudadano: fortalece a los grandes jugadores.
La columna también pone en duda la magnitud del impacto cotidiano de la IA. Señala que en el mundo real la gente sigue queriendo un estilista que entienda un mal pedido, un vendedor de autos que explique opciones y profesores capaces de leer el lenguaje corporal. Es decir: la tecnología puede ayudar, pero no borra la experiencia humana tan rápido como prometen sus evangelistas.
El texto compara el bombo actual con lo que pasó con internet: se prometió una revolución total y el resultado fue más pornografía y más marketing dirigido. Según ese mismo enfoque, la IA probablemente será adoptada para tareas monótonas y procesos rutinarios, no para reemplazar por completo la vida laboral ni convertir a todos en pasajeros de un crucero interplanetario.
También advierte que el fraude y la publicidad engañosa podrían volverse más inteligentes. Los correos de estafa y los mensajes directos podrían sonar más convincentes, aunque eso dista mucho de justificar el pánico apocalíptico que hoy domina el debate.
La lección es incómoda para la burocracia y útil para el mercado: cuando el miedo se convierte en política pública, casi siempre aparecen más trabas, menos competencia y más poder para los mismos de siempre. El relato se cayó solo. Otra vez la doble vara: primero venden catástrofe, después piden más control, y al final la factura la paga la innovación.


