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La bomba atómica que España ocultó: guardias civiles sin protección, plutonio en la playa y un ministro franquista en bañador

En 1966, cuatro bombas termonucleares cayeron sobre Palomares. El aparato estatal español y el Pentágono montaron una operación de encubrimiento mientras miembros de la Guardia Civil limpiaban plutonio sin equipo de protección.
Imagen ilustrativa
domingo 16 de agosto de 2026

El 17 de enero de 1966, un bombardero B-52G cargado con cuatro bombas termonucleares Mark 28 colisionó a 10.000 metros de altura con un avión cisterna KC-135 sobre el sur de España. Los cuatro tripulantes del KC-135 murieron, al igual que tres del B-52. Las cuatro bombas cayeron al vacío.

Ninguna estalló. Tres aterrizaron en tierra —dos se fragmentaron, una quedó intacta— y la cuarta se hundió en el Mediterráneo. Según la fuente, cada una de esas bombas era 65 veces más destructiva que la de Hiroshima.

El Estado protegió a unos y abandonó a otros.

Los soldados estadounidenses que limpiaron la zona contaminada trabajaron con equipos de protección adecuados. Los miembros de la Guardia Civil española que los apoyaron, no recibieron protección alguna, pese a que había residuos de plutonio y otras sustancias peligrosas en el terreno. No existen informes oficiales sobre la evolución de su salud. El secreto fue total.

El pescador al que nadie escuchó.

La cuarta bomba tardó meses en encontrarse. Estados Unidos desplegó 34 buques, más de tres mil marinos, decenas de aviones y los sumergibles más avanzados de la época. Nada. Fue solo cuando los equipos de búsqueda agotaron sus opciones que decidieron explorar el lugar que desde el primer día había señalado Francisco Simó Orts, un pescador local que vio caer el artefacto desde su barco, sostenido por un paracaídas, y memorizó el punto exacto. Nadie le había hecho caso.

El Alvin la encontró intacta a casi 900 metros de profundidad. El primer intento de rescate fracasó cuando se rompieron los cables. El 18 de agosto de 1966, un vehículo robótico submarino logró amarrarla y subirla al USS Petrel.

La foto del bañador.

Mientras la bomba seguía perdida y los rumores sobre contaminación radioactiva se extendían por Almería, el ministro de Información y Turismo, Manuel Fraga Iribarne, y el embajador estadounidense, Angier Biddle Duke, se metieron al mar frente a las cámaras en la playa de Palomares. La imagen, tomada el 7 de marzo de 1966, fue cuidadosamente planificada: el mensaje era que ahí no pasaba nada.

Pasaba.

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Esta historia no es solo una rareza de la Guerra Fría. Es un manual de lo que el Estado hace cuando sus intereses chocan con la seguridad de sus ciudadanos: clasifica, silencia y manda a un ministro a chapotear frente a los fotógrafos. Los guardias civiles que limpiaron plutonio a manos limpias no tuvieron ni la dignidad de un informe oficial sobre su salud. El pescador que sabía la verdad fue ignorado durante meses por la burocracia militar más poderosa del mundo.

La doble vara no es un vicio moderno. Tiene décadas, tiene nombre y tiene foto: un funcionario con la panza al aire y el pelo mojado, sonriendo para la prensa mientras sus propios ciudadanos pagaban el costo real.

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