Sophie Cunningham, jugadora de los Indiana Fever, abrió la semana con una declaración que sacudió la guerra cultural en torno a la WNBA: dijo en una entrevista con ESPN que quiere proteger a las niñas en los vestuarios y en el deporte, y que no deberían competir contra hombres biológicos. La reacción de sectores progresistas fue inmediata y furiosa.
El jueves, Karoline Leavitt, secretaria de prensa de la Casa Blanca del presidente Donald Trump, salió al paso ante los reporteros. «Los hombres no deberían jugar en deportes femeninos. Es completamente absurdo que alguien pueda apoyar eso», afirmó Leavitt, según recogen Fox News y The Daily Wire.
Cuando la corresponsal del Daily Wire Mary Margaret Olohan preguntó si Trump había contactado a Cunningham, Leavitt respondió: «No creo que se haya comunicado con ella. Sé que está siguiendo la historia». Añadió que el presidente comparte la preocupación de Cunningham y que el asunto es «una cuestión 80-20», es decir, de amplio consenso popular, «arraigada en el hecho biológico básico de que los hombres no deberían competir contra mujeres».
Cunningham, por su parte, rechazó la etiqueta de «anti-trans» que le colgaron sus críticos. «Recibí mucho feedback negativo por odiar a los trans. Y yo digo: nunca dije eso», declaró a ESPN. «Creo que estoy aquí para extender amor. Pero con ese amor también viene la verdad, ser honesta». El miércoles, ante los medios, redobló la apuesta: «Dije lo que dije. Creo que es sentido común».
La jugadora también aclaró su posición política: «Estoy justo en el medio», dijo, señalando que coincide y discrepa con posturas de ambos lados del espectro. Aun así, algunos la bautizaron como «MAGA Barbie», denominación que rechazó.
El contexto institucional de la WNBA es el opuesto: la Asociación de Jugadoras de la WNBA ha expresado previamente su oposición a las restricciones sobre la participación transgénero en el deporte y ha pledgeado apoyo a atletas trans, según las fuentes.
Que no te lo cuenten. Una atleta profesional, en activo, dice que las niñas merecen competir en igualdad de condiciones biológicas, y la respuesta del establishment deportivo y mediático progresista es el linchamiento en redes. Cunningham no hizo un discurso político: habló de vestuarios y de niñas. La administración Trump la respaldó públicamente y llamó al fenómeno por su nombre: desconexión total entre la élite activista y la mayoría del país. El relato de que proteger el deporte femenino es «odio» se cayó solo en cuanto una mujer lo dijo en voz alta.



