Donald Trump salió de Turquía en el viejo Boeing. El que usó la presidencia desde los años noventa. No en el flamante avión donado por la familia real catarí.
El cambio fue inesperado. Y encendió todas las alarmas.
La Casa Blanca salió a apagar el fuego. El director de Comunicaciones, Steven Cheung, publicó un comunicado. Dijo que el nuevo Air Force One es «un avión de última generación, equipado con protocolos de seguridad de alto nivel que garantizan la protección del presidente y de su personal».
Pero la explicación llegó después del hecho. Y eso tiene peso.
Turquía comparte frontera con Irán. Las tensiones entre Washington y Teherán volvieron a escalar en los últimos días. Trump declaró que la tregua firmada el mes pasado «ha terminado». Y en la cumbre de la OTAN afirmó ser el «objetivo número uno» de la República Islámica.
Cheung añadió otra capa al asunto. Dijo que el gobierno usa «maniobras de distracción y desvío» para proteger al presidente frente a sus enemigos. En otras palabras: el cambio de avión pudo ser deliberado. O pudo no serlo. La Casa Blanca no lo aclaró del todo.
El nuevo aparato llegó el año pasado. Lo donó la familia real catarí. Tuvo que ser reacondicionado. La oposición cuestionó el costo del proceso. También señaló un posible conflicto de intereses. El gobierno retiró formalmente el Boeing el mes pasado y lo sustituyó por el avión catarí.
Trump abordó el nuevo avión más tarde, en una base militar en el Reino Unido. No en suelo turco.
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Que no te lo cuenten. Un avión regalado por un Estado extranjero al presidente de Estados Unidos ya es, de entrada, una pregunta incómoda. Que ese avión necesitara reacondicionamiento con dinero de los contribuyentes lo complica más. Y que el propio presidente lo evite al salir de una zona de riesgo elevado no cierra la discusión: la abre de par en par. La Casa Blanca puede invocar «maniobras de distracción». Está en su derecho. Pero la doble vara es evidente: cualquier otro mandatario que aceptara un jet de un gobierno del Golfo estaría hoy en el centro de una tormenta institucional. El relato se sostiene mientras nadie haga las preguntas correctas.



