La candidatura de Michelle Bachelet a la secretaría general de Naciones Unidas chocó una y otra vez con la misma pared: la Casa Blanca no la recibió.
En diciembre de 2025, Juan Gabriel Valdés se movió en Washington para intentar una reunión con un alto representante del gobierno de Donald Trump. La apuesta era concreta: conseguir una cita con Marco Rubio o, en su defecto, con Christopher Landau. No hubo éxito con ninguno.
Según el comunicado difundido este lunes por el grupo de excancilleres y exsubsecretarios, la negativa de Estados Unidos fue parte de una secuencia más amplia. En ese texto sostienen que, «con la excepción de los Estados Unidos, altas autoridades de todos los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU recibieron a la expresidenta para escuchar sus propuestas».
El equipo también activó a Brasil y México. De acuerdo con el mismo comunicado, la solicitud por nota de los cancilleres de ambos países para que una alta autoridad de la administración de Trump recibiera a Bachelet «ni siquiera fue respondida». La carta conjunta que firmó Valdés con los embajadores de México y Brasil también quedó sin respuesta.
Antes de ese despliegue, Paula Nárvaez tampoco había logrado reunirse con miembros de la misión de Estados Unidos en Nueva York. No habló ni con Linda Thomas-Greenfield ni con Michael Waltz.
En abril, Waltz endureció el tono. Dijo que compartía las preocupaciones del congresista republicano Pete Ricketts, quien acusó a Bachelet de haber sido demasiado indulgente como alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos en un informe de 2022, y de haber promovido el aborto como un derecho humano fundamental. Luego, el propio Waltz afirmó que Marco Rubio también comparte esas recriminaciones.
La secuencia terminó de golpear la candidatura cuando José Antonio Kast asumió la Presidencia en marzo y decidió no seguir avalando desde La Moneda la postulación de Bachelet. Desde entonces, Brasil y México quedaron a cargo del despliegue diplomático, sin resultados.
El caso deja una lección incómoda para la política exterior: cuando una candidatura depende de apoyos internacionales, el respaldo real no se mide en comunicados ni en gestos simbólicos, sino en puertas que se abren o se cierran. Aquí, la burocracia diplomática hizo todo el recorrido, pero la Casa Blanca no le dio ni una audiencia.
Y esa es la señal de fondo: sin influencia en Washington, la aspiración de Bachelet quedó expuesta a la doble vara del poder global. Mucho protocolo, muchas gestiones, pero al final manda lo único que no se puede maquillar: quién recibe y quién no. El relato se cayó solo.



