Dua Lipa abrió su «Manifesto Library» en Portugal. Posó con un ejemplar de El cuento de la criada, de Margaret Atwood. Lo presentó como un libro censurado. Ese libro ha vendido más de 10 millones de copias en todo el mundo.
Entre los otros títulos de su biblioteca figuran 1984, de George Orwell, con más de 30 millones de copias vendidas hasta 2024, y El guardián entre el centeno, de Salinger, lectura obligatoria en prácticamente todas las preparatorias del país. Llamar «prohibidos» a esos libros es como llamar «serie censurada» a Game of Thrones.
El truco funciona así. La izquierda toma cualquier libro que alguna vez fue retirado de una biblioteca escolar —aunque fuera en 1978, aunque fuera un caso aislado— y lo etiqueta como «prohibido». Con esa etiqueta construye un relato. El relato dice que los conservadores son los nuevos nazis quemando libros. Es mentira. Pero es útil.
Las librerías independientes en estados azules exhiben mesas de «libros prohibidos» con títulos muy específicos. Un ejemplo circuló en X: incluía Piel negra, máscaras blancas, de Frantz Fanon; Normal People, de Sally Rooney —novela que la propia autora ha calificado de «propaganda marxista»—; y Gender Queer, de Maia Kobabe. Esos libros no están prohibidos. Se venden en Amazon. Se venden en cualquier librería.
En 2023, la Asociación Americana de Bibliotecas calificó como «censura» el esfuerzo por retirar contenido sexualmente explícito de bibliotecas escolares. Según un reporte de The Daily Wire, algunos de esos títulos contenían representaciones gráficas de masturbación infantil y caricaturas de actividad homosexual. Se retiraron de ciertas escuelas. Siguen disponibles para cualquiera que los quiera comprar.
Ahora viene la parte que los defensores de los «libros prohibidos» no quieren discutir. El mundo editorial sí tiene una censura real. Opera en silencio. Actúa antes de que ningún libro llegue a la imprenta.
Para publicar ficción en Estados Unidos hay que conseguir primero un agente literario. Algunos de esos agentes declaran abiertamente que no considerarán manuscritos con «ideales anticuados de pareja o relación». Según el artículo analizado, eso significa, en la práctica, que no publicarán una novela que retrate positivamente el matrimonio entre hombre y mujer. No es la preferencia de un agente aislado. Es la norma de un establishment completo.
El resultado es predecible. La ficción contemporánea premiada incluye una «reunión transfemenina en Las Vegas» —finalista del Premio Pulitzer—, y una novela de romance trans que NPR eligió como mejor libro del año. No hay problema en que esos libros existan. El problema es que el sistema los financia, los premia y los promociona, mientras descarta en silencio cualquier voz que no encaje en el molde.
Eso es la doble vara en estado puro. Gritan censura cuando una escuela retira un libro con contenido explícito para menores. Callan cuando el aparato editorial entero cierra la puerta a cualquier historia con valores tradicionales.
Contrafuego lo dice claro: la censura más eficaz no necesita hogueras. Necesita agentes literarios con listas de exclusión y festivales literarios que premian siempre lo mismo. El relato se sostiene mientras nadie lo nombre. Ya lo nombramos.



