Un ensayo de Daily Wire plantea que la crisis de las amistades masculinas no siempre nace de la soledad, sino de sentirse innecesario. La distinción importa: hay hombres con esposa, hijos, amigos y colegas que igual sienten un vacío porque nadie depende de ellos.
El texto pone un ejemplo concreto: Tom, un hombre casado y empleado, podía nombrar a tres personas a las que llamaría si algo salía mal. Pero cuando se le preguntó quién dependía de él, se quedó callado. Sus hijos ya eran grandes, en el trabajo el software había reemplazado buena parte de su experiencia y en casa su esposa tomaba la mayoría de las decisiones pequeñas. No había nada claramente roto en su matrimonio ni en su empleo. Aun así, describía su vida como extrañamente plana.
La pieza cita además una encuesta del Survey Center on American Life de 2021: la proporción de hombres con seis o más amigos cercanos cayó aproximadamente a la mitad desde 1990, mientras que la de quienes reportan no tener amigos cercanos se multiplicó por cinco. Frente a eso, el consejo habitual es previsible: abrirse más, ser vulnerable, hablar de sentimientos. El problema, dice el ensayo, es que esa receta puede pasar por alto una parte central de cómo muchos hombres construyen vínculos.
Según el artículo, muchos hombres conectan haciendo cosas por otros: jugando al basquetbol, trabajando juntos, ayudando a mover un sofá o entrenando un equipo. La intimidad, en ese marco, no siempre pasa por la confesión emocional. A veces pasa por ser contado entre los que hacen falta.
El ensayo también apela a Erik Erikson y su idea de «generatividad»: la necesidad adulta de contribuir a la vida de quienes vienen después. Modernidad y tecnología, sostiene, han recortado muchas ocasiones de ser necesario. Ya casi todo puede resolverse sin depender de nadie conocido. El resultado es una cultura que celebra la autosuficiencia, pero deja a muchos hombres sin un lugar real en la vida de otros.
Que no te lo cuenten: no todo malestar masculino se resuelve con más charlas o más jerga terapéutica. A veces el problema es más incómodo para la burocracia emocional: la gente no solo quiere ser querida. También quiere ser necesaria.
Y ahí hay una lección más amplia. Una sociedad que convierte la independencia en dogma termina empobreciendo sus lazos. La familia, la amistad y la comunidad no se sostienen solo con discursos sobre salud mental; también requieren tareas, favores y responsabilidad mutua. El relato de la autosuficiencia suena moderno, pero deja a demasiada gente mirando el vacío. Otra vez la doble vara: se predica conexión, pero se desconfía de la dependencia que hace posibles los vínculos de verdad.



