«White guilt» es, para Eli Steele, la historia más importante que nadie cuenta. Y su denuncia no es menor: la describe como una de las fuerzas más perversas de Estados Unidos porque, según él, mina principios y valores.
Steele, al hablar con Ben Domenech sobre su documental «White Guilt», ubica el origen de ese fenómeno en la colisión entre el movimiento por los derechos civiles y la supremacía blanca. Su tesis es directa: cuando la moral se ata a la raza, se abre la puerta a una política de culpa colectiva y redención racial. En ese marco, dice, la izquierda construyó poder presentándose como «los buenos» frente a los blancos racistas.
El problema, según Steele, no se quedó ahí. Explica que muchos en la derecha respondieron con una defensa débil: «Yo no tengo culpa blanca, no tuve esclavos, no soy racista». Pero para él eso no entendía el mecanismo real. Lo que se instaló fue la necesidad de crear un «otro». Y ese otro terminó siendo la derecha conservadora, acusada de cargar una culpa colectiva por el pasado.
Steele afirma que esa lógica vuelve transaccional la ayuda. No se trata de ver carácter, fortalezas y debilidades, sino de «comprar inocencia» mediante la raza. Por eso, sostiene, cuando la redención se busca a través del color de piel, la supuesta compasión se degrada en hipocresía moral. Y cuando la política premia ese juego, el resultado no es justicia: es tribalismo.
Domenech aportó su propia experiencia al recordar Jackson, Mississippi, y Charleston, Carolina del Sur, frente a lo que vio después en Nueva York. Steele respondió que ciudades como Nueva York y Boston tuvieron más racismo que otros lugares y que, en el norte, se ve con claridad esa cultura de «white guilt».
En el fondo, la película que promueven Steele y su padre Shelby no discute solo sobre raza. Discute sobre una civilización que reemplaza responsabilidad individual por identidad colectiva. Y cuando eso pasa, el ciudadano deja de ser persona y pasa a ser ficha de una burocracia moral.
Que no te lo cuenten. El relato progresista vende compasión, pero reparte culpa, privilegio y poder político. Otra vez la doble vara: la izquierda exige redención en nombre de las minorías, mientras convierte la historia en un arma para disciplinar a quienes defienden a Estados Unidos.
Lo que Steele pone sobre la mesa es incómodo, pero necesario. Si la izquierda insiste en organizar la vida pública por raza, no está corrigiendo una injusticia. Está perpetuando el sistema que dice combatir. Y eso no libera a nadie. Solo fortalece a la casta ideológica que vive de la división.


