Los sondeos a boca de urna dieron por ganador a Alternativa para Alemania (AfD) en Mecklemburgo-Pomerania Occidental. La cadena ARD situó su voto en 37%, apenas por encima del SPD, que obtuvo 35,5%.
Pese a ese resultado, el SPD debería contar con el apoyo suficiente para formar una coalición e impedir que AfD gobierne el estado. Pero el golpe político ya quedó marcado: el partido de extrema derecha volvió a avanzar tras el triunfo histórico que consiguió en Sajonia-Anhalt hace dos semanas.
La otra mala noticia para el oficialismo alemán llega desde la CDU de Friedrich Merz. En Mecklemburgo-Pomerania Occidental obtuvo solo 5,5% de los votos, su peor resultado en unas elecciones regionales o nacionales desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Y eso no es un detalle menor: en un sistema donde el respaldo electoral sostiene la autoridad, un derrumbe así abre la puerta a especulaciones sobre un reemplazo del canciller.
En Berlín, además, Die Linke va camino de terminar en primer lugar con 24,5%, según la encuesta de la ARD. La CDU aparece detrás, con 20%, aunque actualmente controla la alcaldía de la capital.
Lo que queda claro es que la política alemana entra en una fase de inestabilidad que castiga a los partidos tradicionales. Cuando el votante castiga así a la centroderecha y empuja a la extrema derecha, el mensaje es brutal: el aparato político perdió conexión con la calle.
Para el contribuyente y para la estabilidad institucional, el problema no es solo quién gana una elección regional. El problema es una casta partidaria que ya no logra sostener credibilidad ni orden. Y cuando eso pasa en Alemania, el golpe no se queda en Berlín: se siente en toda Europa. El relato se cayó solo.


