La controversia comenzó en Texas, después de que la Universidad de Texas celebrara una remontada de veinte puntos en el último cuarto contra Ohio State el sábado 12 de septiembre. En un fragmento de la celebración difundido por la cuenta de la universidad aparecían estudiantes con ropa naranja y haciendo el gesto de «Hook ’em Horns».
Bo French, nominado republicano para comisionado del Texas Railroad Commissioner, publicó una captura de pantalla de estudiantes de ascendencia india y escribió: «El problema ahora es obviamente mucho peor de lo que cualquiera imaginó». Después describió la imagen como prueba de que los estadounidenses estaban siendo «desplazados por extranjeros». French no tenía forma de saber cuál era la ciudadanía de esas personas, pero su color de piel bastó para llamarlas extranjeras. Dos de los estudiantes en la foto se identificaron como ciudadanos estadounidenses.
John Cornyn pidió a los republicanos condenar la «intolerancia y el racismo» de French. Dustin Burrows dijo que los conservadores pueden oponerse a las políticas migratorias sin rebajar a las personas por su raza. Lacey Hull afirmó que en la foto «vio texanos» y que French debía borrar su publicación. French y sus defensores respondieron que los conservadores del «establishment» que critican esos comentarios se arrodillan ante la izquierda radical.
La discusión dejó al descubierto una pregunta de fondo: ¿la raza es una barrera para convertirse en estadounidense? La respuesta que plantea esta pieza es no. El nacionalismo americano, dice, fue cívico, voluntario y universal en su aspiración. Ser estadounidense significa valorar la libertad individual, la igualdad ante la ley, el gobierno constitucional y el autogobierno republicano.
Ese marco cívico es el único que puede sostener una república diversa. Un país puede restringir la inmigración y aun así defender la idea de que la ciudadanía y la asimilación confieren igualdad de membresía a quien llega. Separar a estudiantes no blancos en un partido de fútbol y llamarlos «extranjeros» no tiene nada que ver con el debate migratorio serio.
La asimilación tampoco exige borrar la identidad propia. La pieza cita ejemplos como parroquias católicas, congregaciones judías e instituciones hinduistas que organizaron escuelas, obras de caridad y asociaciones según costumbres estadounidenses de asociación voluntaria y autogobierno. Asimilarse, sostiene, es traducir la propia cultura al marco cívico del país al que uno se incorpora.
También recuerda que la cultura angloamericana es una mezcla, no una pureza mítica. Y acusa a los nativistas de hoy de importar una política europea de «sangre y suelo» que Estados Unidos ha rechazado. Que no te lo cuenten: cuando la casta identitaria convierte la raza en pasaporte, no defiende la nación; la empobrece.
Otra vez la doble vara. Los mismos que dicen defender «la identidad americana» terminan reduciéndola a una genética tribal. Eso no fortalece a Estados Unidos: lo encierra en una burocracia moral de exclusión. La nación que pide impuestos, obediencia a la ley y deberes compartidos no puede sostenerse con odio heredado ni con pureza étnica.
Lo que está en juego es simple: o el país sigue siendo una comunidad política basada en principios, o cae en la caricatura de quienes confunden ciudadanía con sangre. En una república libre, pertenecer no depende del color de piel. Depende de aceptar las reglas comunes y de entrar en las instituciones que hacen posible la convivencia.



