Shane Gillis volvió a quedar en el centro de una polémica después de conducir «Saturday Night Live» por tercera vez desde que fue despedido del elenco en 2019, tras una campaña de cancelación por clips resurgidos en los que hacía chistes raciales y homofóbicos.
Esta vez, la indignación llegó por una broma sobre mujeres en el gimnasio. Gillis dijo que las mujeres se visten «como prostitutas» en el gimnasio y describió unos shorts con colores neón y una costura trasera que, según él, resalta la parte trasera.
La reacción no tardó. Dan Levy escribió en Instagram que usar shorts cortos para ir al gimnasio no convierte a las mujeres en prostitutas. Rachel Leishman publicó en X que Gillis no hacía comedia, sino que mostraba cómo ve a las mujeres. Jessica Valenti fue más lejos y escribió: «¡Estoy furiosa!». En un video, dijo que esto «convierte a los hombres en violadores» y acusó a «Saturday Night Live» de haber dado plataforma a una cultura de la violación.
El punto de fondo no es nuevo. Gillis ya había sido expulsado en 2019 por chistes ofensivos. Ahora vuelve a enfrentar otra tentativa de castigo público por una broma que, como señala el propio texto, también puede leerse como una sátira dirigida contra sí mismo, porque él se presentaba como el supuesto «acosador» de esos videos de TikTok.
La discusión revela algo más grande que un chiste incómodo. Revela que la policía moral de la izquierda sigue activa. Cambia el pretexto, pero no el impulso. Hoy es un sketch. Ayer fue un clip resucitado. Mañana será otra excusa para disciplinar el lenguaje, empujar el miedo y premiar la hipersensibilidad organizada.
Que no te lo cuenten. El problema nunca fue la comedia. El problema es la obsesión por controlar lo que se puede decir, lo que se puede bromear y, en el fondo, lo que se puede pensar. Otra vez la doble vara.


