China ya no se comporta como la potencia segura de sí misma que Xi Jinping proyecta en el escenario internacional. La señal más clara está en su propia economía.
Según la fuente, el producto interno bruto nominal de China era el 70.2% del de Estados Unidos en 2020, pero cayó al 63.3% en 2025. La inversión extranjera directa pasó de un pico de 344 mil millones de dólares en 2021 a unos 19 mil millones en 2024. Eso representa una caída de más de 90%.
El deterioro no se limita a una cifra. La inversión en vivienda como parte del PIB cayó más de 50% entre 2020 y 2025. Además, el Fondo Monetario Internacional estima que el inventario de vivienda de China equivale a unos 30 meses de ventas. Ese dato explica por qué el supuesto motor inmobiliario ya no tira como antes.
La presión interna también sube. La fuente cita una tasa de desempleo juvenil urbano de casi 19% en 2025. Cita además miles de protestas dentro de China, según Freedom House, impulsadas por presión económica, reclamos de jubilados, huelgas laborales y conflictos por desarrolladores en problemas.
A eso se suma un cuadro demográfico pesado. La mediana de edad llegó a 40.6 años. En 2025, la población cayó en 3.39 millones. Y casi una cuarta parte ya tiene 60 años o más.
La nota también describe una represión brutal contra creyentes. Habla de más de un millón de uigures musulmanes en campos de concentración y trabajo forzado. Menciona que el gobierno chino afirma tener derecho a nombrar al próximo Dalai Lama, y que mantiene detenido al Panchen Lama que, según la fuente, secuestró cuando era niño hace 31 años. También dice que sacerdotes y cristianos enfrentan hostigamiento, prisión y tortura.
La lectura es clara: un aparato estatal que pierde fuerza económica suele endurecerse adentro y buscar distracciones afuera. Que no te lo cuenten. Cuando la burocracia de partido ya no puede sostener el pacto de prosperidad, sube el riesgo de aventuras, propaganda y más represión.
El caso chino vuelve a dejar una lección incómoda para cualquiera que todavía compre el relato del «ascenso inevitable». Sin crecimiento real, sin inversión y con una población envejecida, el poder de Pekín descansa cada vez más en coerción y menos en prosperidad. Y eso es una mala noticia para la libertad, para el orden y para cualquiera que crea que la estabilidad puede construirse sobre mentira y miedo.



