El calor apretó fuerte en las primeras semanas del fútbol universitario. Fue real. Fue documentado. Nadie lo niega.
En la Semana 0, los Trojans de USC recibieron a San José State en el Coliseo de Los Ángeles. El índice de calor rozó los 105 grados Fahrenheit. Pocos fans aguantaron. En la Semana 1, Texas y South Carolina jugaron bajo el sol de la tarde. Varios aficionados tuvieron que ser atendidos por agotamiento por calor o deshidratación.
Hasta ahí, los hechos.
Lo que vino después fue otra cosa. Iliana Limon Romero, editora de deportes y editora gerente adjunta del Los Angeles Times, publicó en X su diagnóstico. «En algún momento, las universidades y las cadenas de televisión van a tener que adaptarse al cambio climático y dejar de esperar que los fans toleren el calor extremo como una insignia de honor», escribió.
No habló de horarios mal elegidos. No habló de decisiones comerciales de las cadenas. Habló de cambio climático. Como causa. Como marco. Como solución.
El problema es sencillo de enunciar. Agosto en Texas siempre fue caluroso. Septiembre en Los Ángeles también. Los partidos al mediodía bajo el sol no son una novedad climática. Son una decisión de programación. La toman las universidades y las cadenas de televisión. Lo hacen por dinero. Eso tiene nombre: incentivo económico. No tiene nombre de fenómeno atmosférico.
La distinción importa. Mucho.
Cuando un editor de un medio grande confunde una mala decisión comercial con una crisis planetaria, no está informando. Está encuadrando. Está eligiendo un relato antes de mirar los hechos. Eso es exactamente lo que OutKick señaló al describir el episodio como «uno de los ejemplos más ridículos» del declive del periodismo deportivo.
Contrafuego no tiene problema con que haga calor en agosto. El calor en agosto es antiguo. Lo que sí tiene problema es con la burocracia del relato climático aplicada a todo. A los estadios. A los horarios. A los fans que sudan.
Detrás de esa lógica hay una consecuencia concreta. Si el problema es el clima, la solución es regulación. Si la solución es regulación, alguien decide cuándo se juega, dónde y bajo qué condiciones. Ese alguien no eres tú. No es el mercado. No es la universidad. Es el aparato que siempre está listo para administrar tu incomodidad a cambio de tu libertad.
Que no te lo cuenten.


