Una encuesta conjunta del Wall Street Journal y NORC publicada en el marco del 250 aniversario de Estados Unidos arroja un dato incómodo: la confianza en el capitalismo y en la democracia cae generación tras generación entre los estadounidenses. El pesimismo avanza mientras los hechos apuntan en dirección contraria.
Y los hechos son contundentes. Entre 2008 y 2023, el PIB de Europa creció apenas un 13,5%. El de Estados Unidos casi se duplicó en el mismo período. No es un matiz: es una diferencia de civilización económica.
Entonces, ¿por qué los jóvenes americanos no lo ven? La misma encuesta ofrece una pista: décadas de un proyecto progresista dedicado a desprestigiar al país más libre y próspero de la historia. A eso súmale redes sociales que amplifican el drama personal y minimizan el contexto global. El resultado es una generación convencida de que vive en un sistema roto, mientras los visitantes del Mundial de Fútbol —incluyendo británicos que admitieron haber estado equivocados, según recoge el análisis— quedaban asombrados con la América real.
Otros sondeos, según la misma fuente, indican que el orgullo nacional sigue siendo robusto. Pero la tendencia generacional es consistente y preocupante. No se corrige sola.
Hay otro dato en la encuesta que merece atención: las generaciones más jóvenes valoran cada vez más «la mezcla de culturas y valores de todo el mundo» como parte de la identidad nacional. El análisis publicado por el New York Post distingue entre cultura —bienvenida— e imposición de valores ajenos a los principios fundacionales. La diferencia no es menor: la gente llega a América por lo que América representa. Convertirse en americano implica abrazar esos valores, no reemplazarlos.
La Declaración de Independencia y la Carta de Derechos no son documentos museísticos. Son el sistema operativo de la nación más exitosa del planeta.
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Que no te lo cuenten. El relato del «capitalismo fallido» no resiste ni un cuadro comparativo de PIB. Lo que está en juego en esta caída de confianza no es una estadística de opinión: es la transmisión cultural del único modelo que ha sacado a más personas de la pobreza que cualquier otro en la historia. Cuando la burocracia educativa y los algoritmos del victimismo se combinan para ocultar ese récord, el daño no es solo académico — es político y electoral. La buena noticia es que la realidad, cuando se experimenta de primera mano, sigue siendo el mejor argumento. El problema es que alguien tiene que contarla.



