Gavin Newsom lleva meses construyendo su relato de cara a 2028. El gobernador de California, ampliamente esperado como candidato presidencial una vez que deje el cargo el año próximo, incluyó en su memoir reciente el affaire que tuvo en 2005 con Ruby Rippey, entonces secretaria de citas de su despacho en el Ayuntamiento de San Francisco. La estrategia era clara: reconocer el error, controlarlo, enterrarlo.
El problema es que Rippey también sabe escribir.
En un ensayo publicado este martes en Vanity Fair, la exfuncionaria cuestionó la versión de Newsom punto por punto. Según el memoir del gobernador, fue ella quien «decidió sincerarse con su grupo de doce pasos» un año después, y él posteriormente reconoció el affaire a la prensa. Técnicamente, ninguna mentira. Pero Rippey señala el detalle que Newsom omite: quién le dijo la verdad al entonces esposo de ella, Alex Tourk, que era además el jefe de campaña del propio Newsom.
«Se lee —al menos para mí— como una versión de los hechos que le da crédito por algo que yo ya había hecho», escribió Rippey. «Técnicamente defendible, quizás, pero que deja la impresión inconfundible de que fue él, y no yo, quien le dijo la verdad a Alex.»
Tourk renunció tras confrontar a Newsom. El entonces alcalde convocó una conferencia de prensa en la que declaró: «Quiero dejar claro que todo lo que han escuchado y leído es verdad, y lo lamento profundamente».
Newsom también describió el affaire en su libro como «el más breve y también el más estúpido», y señaló que Rippey era «la última en irse» de una fiesta en su apartamento. Su hermana, según el memoir, había notado que Rippey «se quedaba demasiado cerca». Rippey dice que esa descripción le generó una sensación conocida: «la de ser escrita por alguien que asume que no voy a responder».
El equipo político de Newsom no respondió a la solicitud de comentario del New York Post.
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Esto no es un escándalo de alcoba resucitado por casualidad. Es la primera grieta visible en el relato presidencial de Newsom: el hombre que convirtió su peor momento personal en capítulo de redención ahora descubre que la otra persona en esa historia tiene memoria, voz y acceso a Vanity Fair.
La hipocresía no está en el affaire de hace veinte años. Está en la arquitectura narrativa: un político que predica la rendición de cuentas construyó una versión donde él carga con la culpa justa y suficiente para parecer honesto, pero no tanta como para cederle el protagonismo moral a quien realmente habló primero. Que no te lo cuenten.



