El plan era ambicioso: una Fuerza Internacional de Estabilización (ISF, por sus siglas en inglés) de 20.000 efectivos multinacionales para asegurar Gaza y evitar que Hamás reconstruyera su aparato militar. La realidad, según reveló The Wall Street Journal, es que la fuerza lucha por desplegar un contingente inicial de entre 10 y 20 soldados.
El obstáculo central no es logístico. Es político, y Hamás lo diseñó así.
El lunes, Hamás anunció que su órgano de gobierno cedería la administración a un consejo tecnocrático respaldado por la ONU. Sonó a concesión histórica. Pero el grupo terrorista se negó explícitamente a comprometerse con el desarme de su ala militar. El canciller israelí Gideon Saar lo nombró sin rodeos: «El truco de Hamás es simple. Su aparente disposición a 'hacer espacio' para un gobierno tecnocrático está diseñada para evitar su propio desarme. Hamás busca replicar el modelo Hezbolá en Gaza: una administración tecnocrática sería responsable de la recolección de basura y otros servicios municipales, mientras Hamás permanecería como la fuerza militar dominante».
Es el modelo Líbano trasladado al Mediterráneo oriental: fachada civil, poder real en el arsenal. Mientras Hamás conserve las armas, cualquier gobierno civil operará, según advirtió el propio Saar, «como Hamás dicte».
El derrumbe del reclutamiento para la ISF confirma el diagnóstico. Un pequeño contingente de soldados marroquíes, previsto para llegar en junio, acumula ya varios meses de retraso. Cuando arribe, no entrará a Gaza: se instalará en un hub logístico construido en Israel, cerca de la frontera, para entrenamiento y reconocimiento limitado. Indonesia, que había prometido miles de efectivos, congeló su participación tras la muerte de cuatro de sus cascos azules de la ONU durante enfrentamientos entre Israel y Hezbolá. Los conflictos con Irán y Líbano han hundido el resto de los esfuerzos de reclutamiento.
Israel, por su parte, insiste en la implementación completa del plan Trump: desarme total de Hamás y de todas las organizaciones terroristas, y desmilitarización completa de la Franja de Gaza.
Lo que está en juego aquí es más que una negociación diplomática trabada. Es la diferencia entre una paz real y una paz de papel. Hamás aprendió la lección de Hezbolá: las democracias occidentales, ansiosas por declarar victorias, aceptan estructuras duales donde el terrorismo sobrevive bajo cobertura institucional. La ISF sin músculo ni mandato claro no es una fuerza de estabilización; es una operación de relaciones públicas.
Mientras Hamás no entregue las armas, la transferencia de poder civil no vale el comunicado en que fue anunciada. Que no te lo cuenten.



