Karoline Leavitt abrió el debate. La portavoz de la Casa Blanca sugirió que las frustraciones de la Generación Z venían, en parte, de la «pereza». La reacción fue inmediata. Leavitt aclaró después que sus palabras fueron sacadas de contexto: se refería a jóvenes que abrazan el socialismo y el comunismo, no a la generación entera. Añadió que «muchos jóvenes de la Generación Z son trabajadores, emprendedores y profundamente patriotas».
Los números no acompañan el estereotipo. La participación laboral entre estadounidenses de 25 a 54 años se ubicó en torno al 83% en mayo, cerca de su nivel más alto en décadas, según datos de la Oficina de Estadísticas Laborales. La participación entre los de 20 a 24 años también se mantiene por encima de los niveles prepandemia.
«Hay personas perezosas en cada generación», dijo EJ Antoni, economista jefe de la Heritage Foundation, a Fox News Digital. «No importa si hablas de los boomers, la Generación Z o cualquiera en el medio.» Richard Stern, vicepresidente del Plymouth Institute for Free Enterprise, fue más directo: la preferencia de la Generación Z por el trabajo flexible no debe confundirse con falta de ética laboral.
El problema real está en los precios. Los economistas consultados por Fox News señalan que estos jóvenes entraron a la adultez en uno de los entornos económicos más difíciles en décadas. Inflación alta. Costos de vivienda disparados. Tasas de interés elevadas. Un mercado laboral de cuello blanco que se ha enfriado. El resultado es predecible: compran casas más tarde, se casan más tarde, tienen hijos más tarde.
La Generación Z —nacidos entre 1997 y 2012— es ya una fuerza creciente en el mercado laboral y en la política estadounidense. La administración Trump sostiene que su agenda económica, que incluye recortes de impuestos y desregulación, está diseñada precisamente para mejorar las condiciones de estos jóvenes.
Que no te lo cuenten. El debate sobre la «pereza» de la Generación Z es una distracción cómoda. Los datos dicen otra cosa: estos jóvenes trabajan. Lo que no pueden hacer es costear lo que sus padres compraron con el mismo esfuerzo. Culpar al individuo es más fácil que señalar décadas de gasto público desbocado, regulación que asfixia la construcción de vivienda y una burocracia que encarece cada paso hacia la independencia económica. El sueño americano no murió por pereza. Lo están matando por decreto.



