El escaño del distrito 13 de Atlanta sigue en el aire. Marcye Scott, hija del fallecido representante David Scott, y el ex presidente de la junta escolar del condado de Gwinnett, Everton Blair, avanzaron este martes a una segunda vuelta programada para el 25 de agosto, luego de que ninguno alcanzara la mayoría absoluta requerida en la elección especial de Georgia.
Cuando la Prensa Asociada llamó la carrera alrededor de las 8:45 p.m. hora del Este, con el 85% del voto esperado contabilizado, Scott acumulaba el 47.5% y Blair el 36.1%. El republicano Caesar Gonzales quedó muy atrás con apenas el 8.5% de los sufragios.
La ley de Georgia es clara: quien supere el 50% gana de inmediato; si nadie lo logra, los dos primeros van a segunda vuelta. Así que Scott, pese a liderar con comodidad, tendrá que volver a las urnas.
Este proceso solo determina quién ocupa el escaño durante las últimas semanas del mandato del difunto congresista, fallecido en abril a los 80 años. El escaño completo de dos años que comienza en enero se decidirá en noviembre: la representante estatal Jasmine Clark ganó la primaria regular de mayo con aproximadamente el 56% y enfrentará al republicano Jonathan Chavez el 3 de noviembre. Blair, único candidato que compitió tanto en la elección especial como en esa primaria regular de mayo, terminó tercero en aquella contienda con aproximadamente el 12%.
Un detalle que no pasa desapercibido: la elección especial tuvo seis candidatos en la boleta, pero el demócrata Tony Brown fue descalificado después de que el cheque que presentó para pagar la cuota de inscripción de 5.220 dólares rebotó, según la Oficina del Secretario de Estado de Georgia, que indicó que los votos emitidos a favor de Brown no contarían.
Scott anunció su candidatura durante el funeral de su padre, celebrado en Atlanta a principios de mayo.
---
Que no te lo cuenten. Lo que ocurrió en el 13.º distrito de Georgia es el retrato fiel de cómo funciona la política de la «casta» demócrata: un escaño que se hereda casi por derecho dinástico, en un distrito tan seguro para el Partido Demócrata que el candidato republicano ni siquiera llega al 9%. El aparato electoral gasta tiempo y dinero del contribuyente en dos rondas de votación para resolver una disputa interna entre demócratas, mientras el resultado de noviembre ya está prácticamente escrito de antemano.
El principio en juego es sencillo: la representación debería ganarse por mérito y propuesta, no por apellido. Cuando el umbral real de competencia desaparece, lo que queda no es democracia; es administración de turno.



