El mercado no espera a que las universidades actualicen su currículo.
Mientras la inteligencia artificial amenaza con desplazar empleos de cuello blanco, San Francisco —ciudad de tecnólogos y burocracia progresista— está generando una demanda explosiva de trabajadores que saben soldar soportes, tender cables y alinear rieles. Los técnicos de ascensores y escaleras mecánicas ganan hoy entre 109.820 y 130.000 dólares al año en el área de la Bahía, según los datos más recientes de la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos.
La infraestructura de la ciudad tiene, en muchos casos, más de un siglo. Eso no es un problema político: es una realidad física que no se resuelve con una app ni se terceriza a Bangalore.
«Si tu ascensor se rompe, no van a subcontratar la reparación a la India. Van a necesitar a alguien que venga en persona», dijo Mike Moore, técnico veterano e instructor del oficio en el sindicato local IUEC.
Greg Hardeman, también del IUEC —que celebra el año que viene su 125 aniversario—, describió la profesión con una frase que vale enmarcar: «Somos casi como el SEAL Team 6 de los oficios, porque lo hacemos todo, en todas partes». El sindicato recibió 750 solicitudes para su programa de aprendizaje y las cubrió en menos de un minuto.
El requisito de entrada es un diploma de bachillerato. La certificación toma entre cuatro y cinco años. El resultado: un salario de seis cifras con seguridad laboral que ningún modelo de lenguaje puede replicar.
Hoy hay apenas 1.400 técnicos de ascensores en todo el norte de California, y solo dos escuelas de oficios en todo el estado para este tipo de formación. La escasez es estructural.
Que no te lo cuenten.
Esto es lo que el relato del «ve a la universidad, endeúdate, trabaja en remoto» no quiso admitir: el libre mercado premia la escasez y la utilidad real. Un título en estudios culturales no repara nada. Un técnico certificado que sabe lo que hace —y que no puede ser reemplazado por un algoritmo ni deslocalizado— tiene exactamente el tipo de posición que el mercado remunera con generosidad.
La lección no es antiintelectual. Es de economía básica: cuando la oferta de una habilidad es escasa y la demanda es inelástica, el precio sube. California lleva años desincentivando la formación técnica con su obsesión por el título universitario como señal de estatus. El resultado está a la vista: infraestructura envejecida, técnicos escasos y salarios que ya superan a los de muchos supervisores de obra. El mercado corrige. Siempre corrige.



