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La industria de «bebés por encargo» explota a mujeres y vende ciudadanía a funcionarios del PCCh

Con 107 agencias de maternidad subrogada de capital chino operando solo en el sur de California, el negocio crece sin control mientras el Congreso mira para otro lado.
Imagen ilustrativa
miércoles 8 de julio de 2026

El Tribunal Supremo de Estados Unidos anuló el decreto ejecutivo del presidente Donald Trump sobre la ciudadanía por nacimiento. La consecuencia inmediata: una industria transfronterial de maternidad subrogada que ya operaba en las sombras sale ahora a plena luz, con garantías judiciales incluidas.

Los números no mienten. Un informe de enero de 2024 reveló que los ciclos de subrogación para padres extranjeros aumentaron un 78% entre 2014 y 2019. Los nacionales chinos representaron el 41,7% de los compradores extranjeros. Más de 107 agencias de subrogación de capital chino operan solo en el sur de California, algunas con direcciones en la China continental y marketing exclusivamente en mandarín.

El modelo de negocio es tan sencillo como perturbador: un extranjero contrata a una mujer estadounidense como gestante, el bebé nace en suelo americano, obtiene acta de nacimiento, número de Seguridad Social y pasaporte. A los 21 años puede pedir la residencia para sus padres y hermanos. A los 35, puede postularse a la presidencia. Ninguno de los «padres compradores» necesita ser ciudadano ni siquiera residente.

El cofundador de una agencia californiana admitió ante NPR que muchos de sus clientes eran «funcionarios de alto rango del Partido Comunista Chino y celebridades» que buscaban ciudadanía americana para sus hijos. Otra agencia llegó a presentar la subrogación como «una alternativa más barata que una visa EB-5». La agencia Surrogate First prometió «soluciones legales alternativas» a sus clientes en cuanto se conoció el decreto original de Trump.

Las consecuencias concretas ya están documentadas. En Arcadia, California, las autoridades encontraron 21 niños nacidos por subrogación en la vivienda de un exfuncionario del PCCh con vínculos al fraude migratorio y operaciones de contrabando, tras la hospitalización de un bebé con traumatismo craneal severo. El ciudadano chino Xu Bo, según las fuentes, acumula 100 hijos a través de gestantes estadounidenses.

Las mujeres que sirven de gestantes tampoco están protegidas. Melissa Cook fue presionada para abortar uno de los trillizos que llevaba; cuando se negó, el «padre comprador» la llevó a juicio. Brittney Pearson retrasó su propio tratamiento contra el cáncer para cumplir el contrato; cuando la pareja compradora supo que el bebé podría necesitar cuidados intensivos adicionales, le pidió que abortara. El niño murió poco después del nacimiento.

El Center for Bioethics and Culture lo sintetizó sin rodeos: «Las mujeres en Estados Unidos no deben reducirse a vehículos para la obtención de ciudadanía. Los niños nunca deben tratarse como instrumentos legales o mercancías».

Que no te lo cuenten. Esto no es una distopía futura: es un mercado activo, con catálogos, precios y clientes VIP del aparato comunista chino. El fallo del Supremo no creó el problema, pero lo blindó. Mientras el Congreso no legisle, la burocracia seguirá mirando hacia otro lado y el negocio seguirá creciendo. Lo que está en juego no es solo soberanía migratoria: es la pregunta más básica sobre si un ser humano puede ser objeto de contrato. La respuesta debería ser obvia.

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