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Opinión · Análisis

La izquierda antipatriótica prefiere que pierda EE.UU. antes que darle la razón a Trump

El caso Balogun en el Mundial reveló que para una franja del progresismo estadounidense el enemigo no es el rival en la cancha, sino su propio país.
Imagen generada con IA
martes 7 de julio de 2026

El delantero Folarin Balogun recibió una tarjeta roja durante el partido de Ronda de 32 del equipo nacional de Estados Unidos en el Mundial, luego de que el jugador rival que lo disputaba por detrás no logró mantenerse en pie. La sanción lo habría dejado fuera del decisivo partido eliminatorio contra Bélgica. El domingo, FIFA suspendió la implementación de esa expulsión, permitiendo que Balogun tomara la cancha.

Hasta ahí, un hecho deportivo discutible pero no inédito: según el columnista Isaac Schorr en el New York Post, FIFA ya ha hecho excepciones similares con otros jugadores sancionados con tarjeta roja, incluido Cristiano Ronaldo de Portugal.

Lo que siguió fue más revelador que el partido mismo.

Según reportó Marc Caputo de Axios, el presidente Trump llamó al presidente de FIFA, Gianni Infantino, para pedirle que el organismo revisara el asunto. La misma fuente indica que Trump no hizo un «pedido específico» y que se le informó que el caso estaba siendo «revisado de forma independiente».

Eso fue suficiente para desatar el apocalipsis progresista.

El exasesor de Obama Tommy Vietor dijo estar «lleno de alegría» por el regreso de Balogun al campo, pero lamentó que su reincorporación haría que «el resto del mundo sienta que el torneo fue amañado». George Conway calificó el episodio de «repugnante» y advirtió que podría «terminar manchando al equipo». Richard Hanania comparó a Estados Unidos con «un país atrasado del tercer mundo». Y el periodista Mehdi Hasan llegó a pedirle a Balogun que «se negara a jugar» en protesta.

El excongresal Adam Kinzinger fue más lejos: «Hasta FIFA está involucrada en la corrupción de la familia criminal Trump», escribió.

Que no te lo cuenten.

Estos son los mismos que, días antes, aplaudieron al alcalde de Nueva York Mamdani por su «asalto antipatriótico» —palabras de Schorr— a la nación que lo adoptó, en el marco de su 250 aniversario. Los mismos cuyo presidente del DNC, Ken Martin, comparó al gobierno de Irán con el de su propio país, según la misma fuente.

El relato se cayó solo. La izquierda progresista no se opone a la irregularidad: se opone a que EE.UU. gane cuando Trump puede llevarse aunque sea una fracción del crédito. No es análisis político; es una patología. Y mientras ellos debaten si Balogun «merece» jugar, el resto del país simplemente quiere ver ganar a su selección.

Eso es lo que separa al patriotismo funcional del postureo de brunch: uno pone al país primero; el otro pone la aprobación de su círculo social por encima de todo lo demás, incluyendo la justicia deportiva elemental.

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