El Partido Demócrata no pudo esconder sus fracturas internas el lunes por la noche. En Michigan, estado clave para noviembre, los candidatos a la nominación senatorial Abdul El-Sayed y Haley Stevens protagonizaron un debate encendido que dejó al descubierto la guerra entre el ala progresista y el establishment del partido.
El-Sayed confirmó lo que muchos sospechaban: su polémica frase del «ogre en una pica» no iba dirigida a Stevens, sino al senador de Pensilvania John Fetterman, a quien acusó de haber traicionado los valores con los que fue elegido. No se disculpó. No retiró la metáfora. Se limitó a precisar el blanco.
Stevens, por su parte, atacó donde duele: los impuestos. Preguntó públicamente qué estaba «ocultando» El-Sayed al no publicar sus declaraciones fiscales completas, un argumento que ya había lanzado en el primer debate del mes. También señaló sus ingresos externos y sus ambiciones políticas nacionales como posibles lastre de cara a las elecciones generales contra el candidato republicano, el ex representante Mike Rogers.
El-Sayed, a su vez, repitió sus ataques contra el gasto pro-Israel y corporativo que, según él, respalda a Stevens. Según informó El-Sayed durante el debate, AIPAC habría gastado 46 millones de dólares en influir en el voto de Stevens sobre Israel. El candidato también rechazó la etiqueta de «socialista» que le han colgado, definiéndose como «simplemente un capitalista que entiende cómo funciona el capitalismo».
El debate se celebró una semana antes de las primarias del 4 de agosto. El senador saliente Gary Peters, demócrata de Michigan, ya había abandonado su neutralidad para respaldar a Stevens, sumándose al movimiento del establishment para frenar al candidato progresista.
Lo que ocurrió en ese escenario no fue solo un debate entre dos candidatos. Fue el espejo de un partido que no sabe quién es ni hacia dónde va. El ala progresista empuja hacia posiciones que los propios demócratas moderados consideran un suicidio electoral en un estado bisagra; el establishment responde con dinero, endorsements y ataques a la transparencia fiscal del rival. Ninguno de los dos lados parece tener respuesta clara para el votante de Michigan que simplemente quiere seguridad y empleo.
Mientras tanto, el republicano Mike Rogers observa. Cada insulto entre demócratas, cada acusación cruzada, cada millón de dólares gastado en destruir al compañero de partido es munición para noviembre. La doble vara del partido que dice defender a los trabajadores mientras sus candidatos se acusan mutuamente de ocultar ingresos y recibir financiación de grupos de presión habla por sí sola. Que no te lo cuenten.



