Julie Van Winkle, vicepresidenta de UTLA AFT y presidenta de AFT 1021, quedó grabada hablando de la elección del 3 de noviembre para jefe de escuelas del estado. En el video, pidió ayudar a movilizar votos para Richard Barrera, respaldado por UTLA, y calificó a Sonja Shaw como una «real threat» y, además, como un «huge problem for us».
Ese desliz no es menor. En un distrito plagado por malos resultados de aprendizaje, choques laborales rutinarios y años de mala administración financiera, la frase revela lo que realmente está en juego: no una discusión técnica sobre educación, sino el control político del aparato escolar.
Shaw, presidenta de la junta escolar de Chino Valley Unified, ha mostrado firmeza al defender a las niñas, a los padres y el derecho de las familias a saber qué ocurre en las aulas. Según la nota, también defiende el rigor académico y el regreso a lo básico: lectura, escritura y matemáticas. Esa postura choca de frente con una estructura sindical que, según el propio texto, prefiere obediencia, paro laboral y más dinero de los contribuyentes.
Los datos que acompañan esta pelea son brutales. Según las cifras oficiales de evaluación estatal citadas en la fuente, solo 46% de los estudiantes de LAUSD fueron proficientes en inglés en 2025. Y 63% no puede cumplir con los estándares de matemáticas. Con ese expediente, resulta difícil sostener que el problema sea una candidata que quiere reformar el sistema.
Más bien, el problema es el mismo de siempre: una burocracia que protege a los suyos aunque el rendimiento escolar siga cayendo. Cuando una dirigente sindical admite frente a cámara que una rival es una amenaza para «nosotros», el relato se desarma solo.
Lo que esta grabación deja al desnudo es una cultura política donde el interés de la casta sindical pesa más que los alumnos. No se trata de mejorar escuelas, sino de preservar poder. Y eso explica por qué cualquier intento de orden, mérito y responsabilidad termina tratado como si fuera una emergencia.
Que no te lo cuenten. En California, el debate ya no es entre izquierda y derecha, sino entre reforma real y una estructura que exige más recursos mientras entrega menos resultados. Otra vez la doble vara.


